Breve historia de España para entender la historia de España. Manuel García Cabezas

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Название Breve historia de España para entender la historia de España
Автор произведения Manuel García Cabezas
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788411141741



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(a partir de ahora Trajano) al rango de emperador; gobernó el Imperio desde el año 98 hasta el 117 y fue el primer emperador oriundo de una provincia; luchó en Dacia (Rumanía) y en tierras de Oriente Medio y durante su gobierno el Imperio Romano alcanzó la máxima extensión territorial. Además de la Columna Trajana en Roma, dejó en España el arco de Medinaceli: no sabemos si era del Betis o del Sevilla, pero sevillano sí era. Le sucedió otro hispano, Adriano (76—138), que luchó contra los judíos y construyó un muro de defensa en Britania (Gran Bretaña) y que está enterrado en el Castillo de San Ángelo en Roma. Los dos fueron buenos emperadores. El otro emperador de origen hispano fue Marco Aurelio, que gobernó el Imperio desde el año 161 al 180; aunque fue un buen estratega y un hombre de pensamiento, no tuvo compasión con los cristianos de su tiempo, a los que persiguió con saña. Hispania no dio solo a Roma emperadores sino también escritores y pensadores como Séneca, Quintiliano y Marcial.

      Pero Roma también fue cambiando desde su fundación (750 a. C.) hasta los primeros siglos de nuestra era. Entre otras cosas, en el aspecto de la religión. Los romanos eran politeístas y la religión estaba unida al poder político, aunque con el tiempo supieron adaptar dioses foráneos a su panteón particular; durante la época imperial se veneraba al soberano como encarnación del Estado y el ejército y los ciudadanos romanos tenían una fuerte impronta religiosa, no obstante mostrar cierta tolerancia con otras religiones. La aparición del cristianismo representaría un cambio fundamental en la historia de Roma, del mundo y de España. Como religión monoteísta, el cristianismo no aceptaba otra religión, ni otros dioses, ni toleraba entre sus fieles prácticas religiosas incompatibles con su fe; en este aspecto, chocaría contra las autoridades romanas que a su vez no podían aceptar la superioridad de una religión que no fuera la oficial. Durante los tres primeros siglos de nuestra era, los cristianos fueron perseguidos por los romanos, a pesar de lo cual siguieron extendiéndose por el Imperio. En el siglo IV, el cristianismo vence todas las resistencias y es, primero, tolerado y, después, se convierte en la nueva religión del Imperio (o de lo que quedaba).

      En España, el cristianismo arraigó fuertemente desde el principio, propagado por anónimos cristianos, a veces, confundidos con judíos que comenzaban la diáspora en los primeros años de nuestra Era; los soldados del ejército y cierta propagación de fieles del norte de África produjeron definitivamente el asentamiento, florecimiento y consolidación del cristianismo en la Hispania romana; un hecho transcendental para la historia de España. En el siglo VIII comenzó la tradición sobre la venida de Santiago a España, aunque es más probable que el que lo hiciera fuera San Pablo y debió producirse entre los años 63 y 67.

      A partir de comienzos del siglo II, el Imperio romano entra en una fase de decadencia imparable, un fenómeno ampliamente analizado desde entonces por los historiadores. Para algunos de estos, la decadencia vino consecuencia de la decadencia moral y la relajación de las virtudes ciudadanas que habían alentado en los romanos en los primeros tiempos de su historia; para otros, era el desarrollo normal de toda obra humana: se nace, se vive y se muere. Irremediablemente.

      De cualquier forma, el imperio romano logró sobrevivir cerca de mil años y su impacto en Hispania fue imperecedero. La antigua división tribal de los iberos había dado paso a un sentimiento de unidad, de pertenencia a un mundo mediterráneo, con una lengua y, al final, con una religión común. La España que

      conocemos nació con los romanos.

      LOS VISIGODOS (SIGLOS v — viii)

      Roma vivió su apogeo en los siglos I y II de nuestra era. Muchos autores creen que el esplendor romano se basaba en su carácter austero, valeroso, realista y emprendedor de los primeros tiempos. Pero enriquecidos por las conquistas, se desentendieron del bien común; entre otras cosas de la obligación del servicio militar, en los primeros tiempos obligación y derecho de los que poseían la ciudadanía romana y que con el paso de los siglos se abrió a otros súbditos del Imperio, para acabar siendo rehuido y aborrecido por los habitantes de la originaria ciudad de Roma. Las antiguas virtudes degeneraron en actitudes viciosas, perezosas y cobardes; los ricos vivían de las rentas provinciales y de los altos cargos; los pobres, de las limosnas y otras ayudas estatales a cambio de la fidelidad del voto. Otros pensadores creen que el cristianismo socavó de manera irremediable las virtudes que habían hecho grande a Roma. Literatura que sostiene una u otra teoría la encontrará el lector en abundancia, si está interesado en profundizar en ello. De cualquier forma, las causas debieron ser múltiples.

      Los hechos irrefutables son que entre los siglos V y VIII los pueblos que vivían en las fronteras del Imperio Romano sufren una presión de otros pueblos situados en el centro y oeste de Europa —conocidos como godos, bárbaros o germanos— que, a su vez, estaban siendo empujados por otros que provenían del centro de Asia (los hunos). Todo ello coincidía con una crisis política y social dentro del Imperio romano. Hay que rechazar la idea de «invasión de los bárbaros» para entender este momento histórico; los godos (o bárbaros, que entonces quería decir extranjeros) vivían y, a veces, convivían con los vecinos romanos desde hacía tiempo; poco a poco fueron encontrando rasgos de entendimiento, como la alianza entre ellos para luchar contra un enemigo común o la inclusión de individuos e incluso tribus enteras en las filas del ejército romano (al cual, por otra parte, acudían cada vez menos romanos de pura cepa). La llegada de los godos fue un proceso largo, insidioso y progresivo que duró decenas de años. La presión de los hunos y la corrupción del poder político romano aceleraron ese proceso.

      Con la descomposición del poder imperial ocurre un fenómeno de gran importancia para el futuro. La economía y los hombres se refugian en el campo para encontrar seguridades que no le daban las ciudades. Los ricos (entre ellos, muchos eclesiásticos) se hacen con grandes extensiones de tierra y construyen allí fortines y murallas para protegerse, a donde acuden los que no pueden hacerlo; otros merodean por los campos haciéndose bandoleros. Poco a poco, los poderosos se hacen con la mayoría de las propiedades mientras que los pobres se ven sometidos a adscripciones forzosas y hereditarias a las tierras y a sus propietarios. Es el principio del feudalismo y de los latifundios.

      En el año 406, suevos, vándalos y alanos cruzan el Rin. Desbaratado el sistema defensivo romano, los nuevos invasores desbordan los Pirineos a partir del año 409; los suevos ocupan la zona de Galicia, los alanos se extienden por las provincias de Lusitania y Cartaginensis y los vándalos silingos por la Bética. En el año 410, Roma es saqueada en un espectáculo que muchos contemporáneos creyeron ver el final de los tiempos. En el año 476 es destituido el último emperador romano de occidente, Rómulo Augustulo.

      Otro pueblo, el visigodo, se había asentado previamente en la Galia (Francia) y, a petición romana, empiezan a desalojar a los invasores de Hispania; acabarán asentándose definitivamente en la península ibérica, al principio como una extensión de su dominio en la Galia; pero la derrota sufrida frente a los francos (otro pueblo godo) de Clodoveo (batalla de Vouillé, año 507) intensificó su dominio en este lado de España. Muchos autores reconocen a Eurico (466—484) como el primer rey visigodo español al ser reconocido soberano de los territorios conquistados por el emperador romano Julio Nepote y al promulgar un nuevo código jurídico escrito (Código de Eurico) que venía a sustituir a las normas consuetudinarias que hasta entonces seguían los visigodos. Los visigodos estarían en España desde principios del siglo V hasta el año 711 y durante ese tiempo reinaron treinta y dos reyes. La lista de esos reyes tiene nombres que no han perdurado hasta nuestros tiempos (Atanagildo, Recesvinto, Sisebuto, Suintila,…) junto a otros que sí lo han hecho, aunque minoritariamente (Leovigildo, Hermenegildo). En los años en que yo iba a la escuela era costumbre aprenderlos de memoria en el colegio; el que podía recitar la lista completa de memoria tenía asegurado el sobresaliente en Historia y los profes le auguraban un futuro brillante; yo no me los aprendí, pero sigan leyendo el libro: algo he aprendido desde entonces.

      La consolidación del reino visigodo se produjo durante el reinado de Leovigildo (569—586), con quien la capital se trasladó a Toledo; acabó con las últimas resistencias de los suevos y sus dominios se extendieron por casi toda la península, con la excepción de la franja norte donde erigió la plaza fuerte de Amaya, para hacer frente a los cántabros, y la