Название | Breve historia de España para entender la historia de España |
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Автор произведения | Manuel García Cabezas |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9788411141741 |
Ya hemos mencionado que el mundo ibérico con el que se encontraron los romanos era variado y diverso. Algunos pueblos tenían una cierta patina de civilización (los tocados por la suerte de la colonización griega o fenicia, los más cercanos a la costa mediterránea) pero otros (los pueblos celtíberos y celtas del interior) vivían sobre todo de la agricultura poco desarrollada, de la ganadería… y de frecuentes guerras de botín con sus vecinos. Uno de los primeros pueblos con los que se toparon los romanos fueron los ilergetes, situados en la zona de la actual Lérida; liderados por los caudillos Indíbil y Mandonio, hacia el año 205 a. C. libraron una cruenta guerra que acabó con la muerte de ambos personajes, la derrota de su pueblo y la esclavitud para los supervivientes. En su avance hacia la meseta, los romanos tendrían que librar otra cruenta guerra (llamada por los historiadores guerras celtibero—lusitanas) desde el 155 al 133 a. C. Eran estos pueblos poco refinados en su manera de vivir y se dedicaban fundamentalmente a la ganadería seminómada y en sus constantes movimientos chocaron con los romanos. O los romanos chocaron con ellos, pues en el año 150 a. C. el pretor Galba había perpetrado una gran matanza de lusitanos cuando, reunidos y desarmados con la promesa de repartición de tierras, acuchilló o esclavizó a los reunidos sin compasión. Uno de los supervivientes, Viriato, cuenta la tradición que juró venganza y odio eterno a los romanos; el resultado fue que durante años llevó a cabo una lucha de guerrillas que puso en jaque a los romanos en diversas ocasiones hasta que la llegada de un ejército consular al mando de Fabio Máximo (de la familia Escipión) enderezó la situación en favor de los romanos. La división de los lusitanos, algunos de los cuales propugnaban un acuerdo con los romanos, propició que Viriato fuera asesinado, cuando dormía, por tres de sus colaboradores. Era el año 139 a. C. y, para que conste, los traidores se llamaban Audax, Ditalcón y Minuro. Dice la tradición que cuando estos fueron a buscar su recompensa ante las autoridades romanas estas les contestaron que Roma no pagaba a traidores. ¡Qué bonito si fuera cierto!
Tras la muerte de Viriato continuó la lucha de los lusitanos y celtiberos de la meseta; los romanos tampoco pararon y en sus incursiones llegarían hasta Galicia. Para el dominio total de la zona, los romanos tendrían que hacerse con un último foco de resistencia: Numancia. Numancia era una antigua ciudad de una de las tribus celtibéricas, los arévacos, y sus orígenes se sitúan entre los siglos II y I a. C. Los acontecimientos que habrían de llevar a la destrucción de Numancia empezaron cuando una ciudad de la zona, Segeda, de las tribus de los belos, quiso ensanchar sus murallas, cosa a la que los romanos no estaban dispuestos. Los belos fueron derrotados y los supervivientes buscaron apoyo y refugio en Numancia. Los romanos asediaron durante diez años la ciudad hasta que el Senado romano decide acabar con la situación y envía a Cornelio Escipión Emiliano (el vencedor de Cartago); este primero disciplinó a los cincuenta mil hombres que disponía para acabar con los cuatro mil celtíberos que se encontraban dentro de las murallas numantinas; luego, montó una serie de campamentos alrededor de la ciudad y se dispuso a doblegarla por el hambre. En el verano del 133 a. C. (recuerden la fecha, a veces sale en preguntas tipo test) los numantinos que sobrevivían se rindieron; antes, muchos se suicidaron y otros se quemaron vivos. Escipión acabó con lo que quedaba de la ciudad y repartió a los supervivientes como esclavos; él se reservó cincuenta para exhibirlos en triunfo en Roma. Los restos de Numancia se encuentran en un cerro cerca de la ciudad de Soria. Merece la pena una visita.
Hispania romana
Con la caída de Numancia quedaba casi toda la meseta en manos de Roma; solo resistían los cántabros, los astures y los vascones, en las estribaciones montañosas del norte de la península. En el año 123 a. C. el cónsul Cecilio Metelo conquista las Baleares y funda dos colonias: Palma y Pollentia. Los romanos ya habían empezado a fundar colonias —que con el tiempo se convertirían en ciudades— en los límites de sus dominios, como forma de defender sus posesiones y como factor de atracción a otros pueblos; así surgen Graccurris (Alfaro), Iliturgi (Mengíbar, Jaén) y, en el año 170 a. C., Carteia (Algeciras), primera colonia latina fuera de Italia, para albergar cuatro mil hijos de soldados romanos y mujeres indígenas que solicitaban al Senado un status jurídico superior al que tenían; según las leyes, los hijos de un ciudadano solo podían ser reconocidos como ciudadanos si la madre era ciudadana; el pretor Canuleyo, en nombre del Senado, los hizo libres y con la concesión de tierras en Carteia les otorgó el estatuto de latinidad. Llama la atención que ese mismo estatuto se concediera a los antiguos pobladores de la ciudad. Un caso semejante sucedió con la colonia de Córdoba, fundada por Marcelo en el 168 o 152 a. C. donde con el establecimiento de colonos se concedió la ciudadanía a numerosos indígenas. Ambas fundaciones indican la existencia de un grupo importante de colonos, romanos e itálicos, en su mayoría antiguos soldados que tras su licenciamiento decidieron quedarse en la península como agricultores, convirtiéndose en un factor más de romanización.
Aquí tenemos que hacer referencia a la situación general de Roma para poder seguir con nuestro relato. La expansión del dominio romano por todo el Mediterráneo y zonas contiguas provocó un cambio social en la ciudad de Roma y en sus ciudadanos; la clase alta detentaba el poder político, tanto en la metrópoli como en las provincias que, a su vez, les procuraba un poder económico en aumento. A mediados del siglo I a. C. empezó a surgir una demanda de acceso a ese poder por una parte de la sociedad (équites); mientras, se degradaba la condición de agricultores y artesanos sobre los que en los primeros momentos de la República romana se habían sustentado los valores de la sociedad y el reclutamiento del ejército, que ahora engrosaba la cada vez más numerosa plebe. Estas tensiones iban a desencadenar, durante la última mitad del siglo I a. C., una serie de guerras civiles que tendrían en Hispania un escenario donde dirimir sus luchas. El triunfo de Julio César, uno de los personajes claves de la historia de Roma, en Munda (en las cercanías de la actual Montilla, Córdoba) el año 45 d. C. acabó con ese periodo de guerras civiles y supuso una reorganización profunda y administrativa de Roma, que se podría resumir en que la República daba paso al Imperio. A partir de ahora, el que gobernara en Roma sería emperador: jefe político, sumo pontífice —jefe religioso— y jefe supremo del ejército. Hispania fue un elemento clave en estos cambios; allí se dieron las principales batallas entre las facciones y los hispanorromanos se vieron involucrados en una u otra facción, lo que por otra parte era prueba de que la península ibérica era ya un territorio importante en el mundo romano y que a su vez el mundo romano ya era parte de la sociedad y de los pueblos hispanos.
El tiempo y el Imperio acabaron por profundizar esos cambios. Si el paso de Julio César —que murió en el año 44 d. C. asesinado por un allegado, Bruto— dejó una huella perenne en Hispania, su sucesor, el emperador Augusto, resultó aún más definitivo; acabó con los últimos reductos refractarios al dominio romano (los astures, cántabros y vascos) y pacificó definitivamente a los habitantes de esta península. Augusto instauró una nueva división territorial (provincias de Citerior (con capital en Tarragona), la Bética (capital Córdoba) y la Lusitania (con capital en Emérita Augusta, la actual Mérida). El proceso de romanización se materializó también con la fundación de nuevas ciudades (Barcelona, Zaragoza, Calatayud) y la inclusión total de la economía hispana en la estructura comercial del Imperio. De esta manera, la tradicional fragmentación de los pueblos hispánicos empieza a diluirse y nace la conciencia de pertenecer a un orden común, aunque persistiendo matices y diferencias en el grado de romanización. En el año 70 d.C. el emperador Vespasiano concede a los hispanos la ciudadanía plena de latinidad; a partir de ahora, los ciudadanos de Hispania entrarán en el ejército