Ataraxia. Saúl Carreras

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Название Ataraxia
Автор произведения Saúl Carreras
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9789878723280



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boquiabierta y no podía creer cómo una persona con la cual habíamos compartido la misma educación, recibido el mismo caudal de información y bajo los mismos hábitos de vida, había logrado tamaña percepción de la vida donde evidentemente se sentía no tan solo muy cómoda, sino libre de ataduras y liviana para el viaje. La admiré en silencio, cuando reaccioné de su discurso inapelable, me sentí diminuta, estaba extasiada de tanta lógica, de tanta practicidad, y me entregué a la charla, solo que esta vez debería esforzarme para no mostrar tan a flor de piel mi mezquina forma de llevar adelante mi existencia. Estaba convencida de que nunca sabría mi historia con Fran, dado que, si accedía a manifestarlo, estaría sencilla e inmediatamente, como dice el tango, entrando en su pasado.

      Entonces se me ocurrió intentar conocer todo lo que pueda de esa mujer que había logrado despegarse de los crueles mandatos con los que nos autoflagelamos en nombre de la falsa sensatez que se condice más con la mirada externa que con nuestros propios deseos, y desde esa posición se van concatenando los errores y dejamos nuestra vida de lado, para vivir la de los demás y eso es un error que no debemos nunca permitirnos. Me sentí un ser diminuto, frágil, y a merced, pero no terminaba de entender qué experiencias le habrá tocado vivir, para arribar a este estado casi de gracia ante la vida y que ciertamente le proporcionaba placer y desenfado y al mismo tiempo le restaba obligaciones por cumplir, me habló de los viajes que había emprendido y lo que deja como remanente de experiencia cada uno de ellos, por ejemplo prácticamente conocía todo el territorio latinoamericano, y en esos viajes se había nutrido de personas que cultivaban el mismo modo de vida, que en cierta manera su espíritu era la libertad, ni más ni menos, habló también de su primer viaje a Europa, lo que definitivamente le abrió la cabeza, el lograr una mirada desde otra perspectiva, puedes abordar al concepto, con una carga de imparcialidad más contundente a la hora del análisis y ello te da un poder ante la diatriba del resentido, más cabal y genuino y se aleja de lo trivial.

      Debía aceptar que Victoria se encontraba a un escalón superior de desarrollo tanto intelectual como del ejercicio del sentido común y que podía aprender de ella y hasta copiarle algo, si la ocasión lo ameritaba, quizás no desde lo sexual, ya que ella su identidad desde ese costado creía tenerlo muy claro, pero sí desde el desapego y cómo había logrado el equilibrio entre lo que deseaba hacer y lo que otros esperaban de ella, ese punto en el que a veces nos detenemos a cuestionarnos y no logramos dar el siguiente paso y continuando con esa línea, se le ocurrió tomar algunos consejos, pidiéndoselo en tercera persona para no exponerse.

      —Sabes que tengo una amiga, que tiene ciertos problemitas de convivencia y me gustaría que me digas qué harías en su lugar –y sutilmente no hizo más que detallar las tribulaciones que (mentía) le tocaba vivir a esa hipotética amiga, que no era más que ella misma, y mientras relataba caía en la cuenta de lo hipodérmicamente dormida que había estado durante todo ese tiempo, y era como si estuviera haciendo terapia, mientras se escuchaba relatarle a Victoria su propia vida.

      Esta historia debe continuar...

      Fin

      La mañana del veinte de diciembre de dos mil trece, ofrecía un clima apacible, un tanto caluroso, pero en el fondo se podía caminar por la ciudad y no sentir que la ropa se pega al cuerpo, incomodándote tanto. En realidad ese verano no sería tan caluroso como otros, Manuel en vísperas de las festividades del año anterior, había perdido a su compañera de años de convivencia, un cáncer la había llevado en menos de un año, y eso le había tomado como rehén, su mayor característica, su jovialidad, ese ser que otrora solía reír y hacer chistes, hoy se había convertido en un ser triste, de pocas palabras, cabeza gacha, como esperando algo que nunca llegaría.

      Esa mañana había salido de su casa de Ituzaingó, con la intención de comenzar a hacer algo por él; lo de su esposa ya no tenía vuelta atrás, ya no podía remediarlo, con ella habían tenido una vida plena y dos hijos, un varón y una nena, hoy ya grandes y con camino propio, a él solo le quedaban los recuerdos y ese día debía comenzar a agregarle hechos que se vincularan a nuevas emociones y no a su pasado que, si bien fue maravilloso, pero que, indefectiblemente, lo conducía a su amada y recientemente extinta Aída, su entrañable esposa.

      Caminaba por el centro intentando distraerse cambiando el rumbo de sus pensamientos, para ello tomaba atajos que dibujaran ciertos acontecimientos, que le habían en su momento proporcionado bienestar, se aferraba a ellos como al único salvavidas en un mar bravío, era la desesperación en busca de una salida; y en uno de esos atajos, los vio y se le iluminó el rostro; sus pensamientos tomaron forma de sus ojos y en su color arribó a su memoria el cálido rostro de una mujer que en su adolescencia lo había hecho soñar con algo más, pero que los vaivenes de la vida lo había llevado por otros caminos, Adela con su sesgo de buena gente y su risa que mostraba su alma cada vez que sonaba, se dibujó en su mañana y desde ese momento una idea se le hizo obsesión, debía saber de ella, hacía años que no tenía ni noticias de su vida y como un mandato sentía que algo de ella, lo estaba esperando.

      Si bien ya conocemos a esa mujer que se sintió intimidada por la solvencia que le demostró Victoria, su otrora amiga del colegio, Manuel, no tenía ni idea por dónde andaba, y su objetivo inmediato era saber de ella, pensaba que eso le devolvería las ganas de levantar la cabeza y volver a reír y creer en la vida, y hacia ese objetivo debía arremeter, sin pausa.

      Solo que sin saberlo, debía sortear un pequeño obstáculo, y señaló este obstáculo como pequeño, porque literalmente era un pequeño obstáculo, y era el lastre que en la vida de Adela se había convertido Francisco, su pareja devaluada, su ancla que inmovilizaba el barco de su vida, una frase de Joaquín Sabina en la canción “Ruidos” sostiene, “ella quiso barcos y él no supo qué pescar” y a veces estas letras derivan de situaciones tan reales que sirven al autor como espejos de dónde mirar las historias contadas y cantarlas.

      Ya hablé de Francisco, ya lo conocemos y ¿saben qué? No cambió en nada, sigue y seguirá siendo ese ser taciturno, como lo llamó un día un amigo de Adela y que ella adoptó como una descripción perfecta, que lo mostraba no solo desde el desdén por sí mismo, sino desde su concepción y naturaleza.

      Solo que esta vez, en el fondo de las cosas, en un costado oculto de los sortilegios, se asomaba una madeja de hilo rojo y que en cada extremo iba delineando dos nombres que, sin saberlo, el destino les tenía guardada una bella historia de amor y compañía que ellos estaban mereciendo, y ese hilo rojo cada vez estaba más tenso, cada vez más cerca… desde un extremo, Adela con su tribulación y carencia de emociones, y en el otro extremo, Manuel con su soledad dibujada de viudez.

      Ensimismado en sus pensamientos, Manuel se había propuesto exprimir esa mañana del veinte de diciembre de dos mil trece, mientras miraba vidrieras sin ver, se detenía ante cualquier situación que lo distrajera, como el que no tiene apuro por cumplir con ningún horario, sus pensamientos viajaban y se percató de algo muy curioso, y era que a cada instante, durante esos viajes, sus pensamientos se detenían en las estaciones donde Adela se asomaba tomando su imaginario camino y lo volvía a la realidad, ella se había convertido, sin siquiera pretenderlo, en su compañera imaginaria; reitero, hacía años que no tenía noticias de ella, y ni siquiera sabía si estaba casada, con hijos o eventualmente esposo, solo sabía que deseaba mirar nuevamente esos ojos que en un tramo de su adolescencia lo había hecho soñar con algo más.

      Manuel había ganado algunos kilos durante su matrimonio, pero seguía portando su elegancia, era un hombre alto y bien parecido, después de todo llega un punto en la vida en que lo estético propiamente dicho tiende a flexibilizarse.

      Una prima de Adela había sido el nexo que en su momento los había acercado y pensó que también esta vez podía bien cumplir con ese rol, y el hilo rojo, seguía tensándose. La serendipia del azar redunda en esta historia, ya que mientras el hilo rojo conector, tiende a cortarse, dos personas en cada uno de su extremo no hacen otra cosa que recoser su tensado intentando prolongar su vida útil, para que al fin el destino haga justicia.

      Adela venía tomando pequeñas decisiones tendientes a mutar cada componente de sus días, obligándose a mirar en otra dirección a la que Francisco intentaba