Ataraxia. Saúl Carreras

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Название Ataraxia
Автор произведения Saúl Carreras
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9789878723280



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      1 Table of Contents

      A mis hijas, mi mujer, mis padres y mis hermanos

      Prólogo

      Cuando me permití la posibilidad de dejar una muestra de mi paso por este mundo, supe que, si bien me había entretenido demasiado, también entendí que, cuando pensamos en esto, a qué tiempo nos estamos refiriendo, qué tipo de reloj mide el paso del tiempo cuando sientes que las vibraciones se derraman por tus teclas y aletargadas o distraídas se disponen a aflorar desde el arte, desde un acopio de sensaciones, como un conjunto de horas tristes o alegres, según nos quepa, y me dije entre paliativos y búsqueda de excusas, que el paso del tiempo no mide el arte que cada uno conlleva consigo, eso es imponderable, se concibe desde la historia y se vuelve referencia.

      Estuve perdido un tiempo y llegó el tiempo del rescate, del reverso del cuento fantástico que salva al protagonista, y convertido en relato me mira de frente, a la cara y me dice que no importa, que él sabía que llegaría la hora y que nada le cambia si es ahora o si debería haber sido antes, que siempre se puede dar el primer paso, aunque ya hayan pasado 60 años desde que aprendí a caminar.

      Lo que van a encontrar en este libro solo es un cúmulo de emociones desparramadas, casi anárquicas, como un puzle, para armar, espero que, al armarlo, les proporcione placer y arriben desde su contenido a la conclusión de que su lectura no fue una pérdida el tiempo.

      Para contextualizar, cabe aclarar que, en 2014, una dolencia llegó a mi vida y desde el diagnóstico trabé una lucha cuerpo a cuerpo en la que hasta ahora llevo cierta ventaja, ella, la EM (esclerosis múltiple), se instaló en mi campo cognitivo y me arrebató la conversación, esconde mis adjetivos, se saltea las teclas cuando escribo, tomó mi motricidad fina, hasta me dosifica mi concentración y hace jueguitos con mi capacidad atencional, juega a las escondidas con mis recuerdos y alteró los polos en mi tablero de mandos para confundirme, si hasta me jubiló por cierta discapacidad, ralentizó mi vida y mi ritmo perdió promedio, pero aprendí a lidiar con ella y, lejos de entregarme, apreté los dientes, y aceleré a fondo; si bien me lisió para la competencia, no logró privarme de ella.

      Saúl Carreras

CUENTOS CORTOS

      Mi madre (Emma Esther Lobo Zurita), en el último puje, me entregó a la vida, el llanto irrumpió en la sala, un varón, pronunció alguien, los médicos la asistían con maestría y gran destreza. Las enfermeras iban y venían, para que todo esté en orden; la madre tomó al bebé en sus brazos, miró su carita, sus ojitos hinchados y el corazón le explotaba de alegría. Era el cuarto y la experiencia le indicaba todo lo que tenía que hacer.

      En primer lugar, reconocerlo. Mi madre tomaba cada extremidad y comprobaba con ojo de madre si todo estaba en su lugar y como correspondía, cada dedito, cada orejita, cada ojito, ella revisaba y, feliz por tenerlo, lo amamantaba.

      La fecha en el almanaque decía 10 de junio de 1960, y la hora creo que eran como las 3 de la mañana.

      Y claro, luego seguramente, vinieron mis hermanos a conocerme, mis tíos, mis abuelos, y algunos, seguramente me habrán conocido cuando me llevaron a casa.

      La actitud de los padres ante estos acontecimientos es de esperanza, alegría y sobre todo de una profunda sensación de responsabilidad. Hay que darle forma a esa bendita dicha que significa tener un hijo.

      Son actos irreversibles en la vida, actos que nos proporcionan obligaciones, derechos y todos los inconvenientes que gustosos tratamos de sortear día a día, para llegar a la meta de esta hermosa carrera que significa la aventura de dar vida y recibir todo lo que ésta nos devuelve.

      Cuando nací, mi padre (María Saúl Carreras) estaba en la provincia de Santiago del Estero trabajando, y nosotros con mamá vivíamos en la casa de mis abuelos maternos, en Tucumán.

      Mi abuelo Merardo y mi abuela Teresa (hablaré de ellos más adelante).

      La silla tenía como tapizado cuero vacuno, curtido en casa, como todos los muebles, y el niño lo usaba de tambor, le arrancaba un sonido sordo, casi necesario para su vocación.

      Él necesitaba embarcarse en el ritmo, lo llevaba en la sangre, le surgía en cada paso, todo lo que escuchaba lo trasladaba a su ritmo interior; y sí, cuando el misterioso llamado de nuestros genes pone fin a la espera vocacional, algo nos indica que el turno nos ha llegado, y lo mejor que se debe hacer es ponernos a su disposición para que nuestro mundo interior nos dé la bienvenida al maravilloso espacio que la vida nos proporciona, la imaginación puesta al servicio de la vocación; y esa conjunción, les puedo asegurar, les hará lograr todo cuanto se propongan.

      La silla vibraba y sus abuelos reían y disfrutaban de su destreza; corría 1964.

      Mi abuelo materno se llamaba Merardo, era un hombre alto, delgado, un gran luchador, comprometido con la vida y con los suyos. La imagen que guardo en mi memoria es la de su figura recostada en un sillón desde el cual dominaba toda vista de las actividades de la casa, él se sentaba en ese lugar por las tardes desde donde también llamaba a mi abuela, ella inmediatamente acudía, previo rezongo por supuesto.

      Mi abuela materna, Teresa, ella protestaba, me acuerdo que los días de lluvia, le encantaba salir a hacer cualquier cosa, se ponía una toalla en la espalda y salía a mojarse, era más que una obligación, una necesidad. Quizá la dominaba la nostalgia por algo, cuántas cosas de nuestros abuelos no llegamos a enterarnos jamás, por una cuestión cronológica, por llegar tarde, uno se entera siempre tarde, o no llega a enterarse nunca de sus historias más íntimas.

      Mi abuela era una persona de gran carácter, parió en su propia casa y crio a nueve hijos: Celia, Yolanda, Amelia, Emma (mi madre), María Carlota, Miguel, Manuel, Carlos y Antonio, y prácticamente vivió para su familia, me acuerdo de los preparativos para el almuerzo y la cena, éramos tantos que siempre ponían la mesa en el patio, de noche solíamos sentir a lo lejos el ritmo de las procesiones religiosas y a mí me daba mucho miedo. Estas procesiones eran integradas por personas de una gran fe y tocaban bombos, algún instrumento de viento y panderetas. No puedo definir en estos momentos a qué costado de la teología representaban, pero si de algo debo estar seguro es que la manera en la que se manejaban daba pautas de que el representado debía estar orgulloso.

      El ritmo es lo que a mí me producía el temor, no sé explicarlo solo que sentía una sensación muy extraña.

      Con mis hermanos solíamos escaparnos durante la siesta (algo casi religioso en esa parte del país por sus casi 45 grados de temperatura a la sombra) a las acequias construidas para conectar sectores con el sistema de regadío, eran profundas y para nuestros padres seguramente resultaban peligrosas, no solo por su aspecto, sino por nuestra falta de madurez y la disposición a cometer un error que podía determinar el espacio que existe entre la vida y la muerte.

      En una de estas escapadas, uno de nuestros tíos, Antonito (porque en el norte de nuestro país, las personas acostumbran a llamar a sus más allegados por el diminutivo de sus nombres, más que una costumbre, diría que es una muestra de cariño), decidió, seguramente en complicidad con nuestra madre, darnos un escarmiento.

      Recuerdo que era una siesta de las más bravas de las que tenga memoria, el calor hacía que todos aquellos que lo conocían debían aceptar que alterarían su rutina, de alguna manera. Y nosotros decidimos, como deciden los chicos, con mucha decisión, pero tal vez, con una gran dosis de arrojo y de irresponsabilidad, que esa siesta iríamos a la acequia a bañarnos.

      Roque hacía la punta, lo seguía Carlos, con aire de seguir al líder, seguro de donde iba; Teresa quería tener al menos un poco del coraje y valentía de sus hermanos, los seguía muy de cerca; y yo, mamando toda esa cultura y sin capacidad de ganar con mi razón, no intenté rebelarme y ahí estaba, a merced de estos irresponsables. Lamentablemente debí seguir la inercia de la masa.

      Llegamos a un codo que hacía la acequia, donde el sitio estaba rodeado de frondosos árboles que sus brazos inmensos