Название | Ataraxia |
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Автор произведения | Saúl Carreras |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9789878723280 |
Eran mis primeros años y lo único que conocía eran recuerdos, imágenes que comparaba permanentemente, era la edad de descubrir cosas, de acopiar información, y cuando un nene cuenta con tanta vida interior, como era mi caso, eso le resulta el algún punto a veces hasta inconveniente para sus estados de ánimo, si lo que imagina y compara no llena sus expectativas, corre el riego de cruzarse con la tristeza, y peor aún, dado el caso, no saber explicarla, no entenderla, mientras tanto la vida sigue, los días pasan, escuela nueva, amigos nuevos, barrio nuevo, hasta costumbres nuevas invadían mi andar, zamarreando los recuerdos cada vez más lejanos.
La demanda laboral era inversamente proporcional a la calidad de la mano de obra ofrecida, a mi padre, hasta ese momento, único aportante de la economía de la casa, a veces le resultaba muy pesada la carga. Primero fuimos a una chacra en el siete once, una localidad al noreste de Córdoba capital, donde oficiaba de encargado y a su vez participaba de la huerta y la cría de faisanes, toda una aventura para nosotros, que éramos niños (y acá el relato me obliga a abrir un paréntesis para citar un hecho a través del cual mi padre me enseñó la diferencia que existe entre una acción honesta y una deshonesta, la distancia que existe entre el bien y el mal, con ejemplos como se debe hacer). El dueño de la chacra era un abogado de la ciudad de Córdoba, se llamaba Celis Gigena, y había empleado a mi padre para que oficie de encargado de la chacra y eventualmente participara de las actividades agrícolas que fueran necesarias. Una tarde vemos ingresar un Valiant modelo nuevo al establecimiento, del que desciende el Dr. Celis Gigena, traía intenciones de trabajar la tierra y aprovechar unas semillas que había comprado, no recuerdo de qué, en este momento, Celis era un hombre de unos 55 años, contaba con una estatura de un metro 75, aproximadamente, peinado engominado, parecía que ser doctorado en leyes en esa época fuera una condición de manual, de gran abdomen y usaba tiradores para que este no le impidiera mantener sus pantalones en su sitio.
Mientras él preparaba el arado y las herramientas de labranza, mi padre iba en busca del caballo, un percherón zaino, especial para el tiro del arado. Armaron todo y estuvieron luego de los preparativos en condiciones de comenzar la faena, esa tarde prepararían el terreno arándolo, marcando los surcos y si daba la luz del día sembrarían o de lo contrario reemprendían al día siguiente. Ya habían arado la mitad del predio destinado para la siembra, mientras yo jugaba y caminaba entre los surcos que iban marcando con el arado, Celis llevaba de costado las riendas del percherón zaino, mientras que mi padre manejaba el arado guiándolo y dibujando surcos perfectos, y en ese instante sucedió lo inesperado, que sin saberlo terminaría de dar forma a mi escala de valores a futuro. Celis en un movimiento brusco intentando dominar al percherón zaino que se asustó por alguna causa que no viene al caso narrarla, y en el intento de sujetarlo para que no abandone su línea de surcado, se le cayó su billetera del bolsillo trasero del pantalón, el filo del arado que venía por detrás, manejado por mi padre, la cubrió de tierra, entonces mi padre, que es de buena madera y mientras yo miraba la acción, llamó a Celis indicándole que se la había caído la billetera, quien detuvo el percherón zaino, y giró su vista para ver si era cierto, a primera vista, no descubrió nada, entonces mi padre que sabía dónde la tierra del surco la había sepultado, soltó el arado y caminó hasta el lugar, metió su mano entre la tierra, rescatando la billetera que era de un color marrón oscuro y a juzgar por su forma contaba con muchos billetes, que mal no le hubiesen venido a mi padre en esos tiempos de carencias, Celis agradeció y siguieron con la faena, sin detenerse a pensar que mi proceso mental en ese momento estaba ocupado en discernir, que en ese acto, en ese simple acto, mi padre acababa de entregarme a través del ejemplo lo que estaba bien y lo que estaba mal en la vida. Ni más ni menos. Esa persona es mi padre, y yo vengo de esa madera.
Los días transcurrían con normalidad, mis padres y mis hermanos vivíamos tranquilos, el siete once era un lugar, tranquilo, era una zona rural, donde no había almacenes cercados para adquirir mercaderías, por lo cual el almacenero del pueblo contaba con un vehículo incondicionado con estanterías y divisiones que le permitían acomodar cómodamente diferentes artículos de almacén, y nos visitaba todas las semanas para el aprovisionamiento de los elementos necesarios para la comida, el pan y la carne la conseguíamos de otro proveedor, o bien mi madre horneaba el pan y nos preparaba panes de diferentes formas, las que más amábamos eran las palomitas cuando era día de horneada para nosotros era una fiesta.
Mis hermanos:
Roque Eduardo (16 de agosto de 1955)
El hermano mayor cuenta con el rol de ser espejo de los que vienen detrás, y esta vez no fue la excepción. Pepe, como cariñosamente lo llamamos, no sé por qué ni cuál es el origen de ese sobrenombre, tengo entendido que, a os José, se los llama con ese apodo. Pero bueno para nosotros fue, es y será Pepe, Pepito, según el momento y las circunstancias, él cuando llegamos a Córdoba ya tenía 10 para 11 años, mientras que yo era un niño, lo que él hacía para mí estaba bien, debía celebrar sus aciertos o sufrir juntos sus errores. Así era la vida en la ciudad, cabe recordar que hasta ese momento nuestra existencia había sido en un contexto campestre, desconocíamos los códigos de ciudad, éramos seres con una cabeza libre de todo vicio oculto, de maldades o especulaciones, éramos libres de pensamientos e íbamos por la vida respetando a los mayores, con valores consagrados e inculcados por nuestros padres.
La escuela y la formación obligada a lo que se podía, éramos de condición humilde, no nos sobraba nada, pero nunca nos faltó un plato de comida en la mesa, la íbamos luchando día a día, en las comparaciones, nos íbamos al descenso seguro, el compañero que, en los días de picnic, llevaba plata para gastar, y uno quedaba mirando, pero eso no importaba, el valor que nos entregaban nuestros padres estaba compuesto de otras cosas, mucho más útiles para la vida. Fuimos creciendo y los caminos de la vida siempre confluyeron en un único destino, el de la buena senda. Y eso tiene un valor incalculable y forma parte del legado que supimos aprender de lo que nuestros padres nos enseñaron.
Recuerdo que yo lo imitaba a mi hermano mayor, él era como mi ídolo. Fue el primero en salir a trabajar, de alguna manera había que ayudar en casa y parar la olla. Hasta se le animó a una cajita con sus costados abisagrados donde una tapita de cada lado servía de depósito del betún, los cepillos y paños y en la parte superior un molde en forma de zapato para que el cliente apoye su pie y él haga su trabajo, sí, señores, mi hermano mayor fue un lustrabotas, la dignidad se desprendía de las necesidades, y nunca necesitó salir a robar, esa posibilidad no cabía en su escala de valores, ni en la de la familia. Solo fue una temporada, luego las cosas mejorarían.
Carlos Alberto (4 de noviembre de 1956)
Mi hermano querido, el de las peleas, que siempre yo llevaba las de perder si medimos desde la capacidad física, él se quedó en Tucumán cuando viajamos a Córdoba en 1966, y luego de un año, fue a pasear con nuestro abuelo materno y no quiso separarse nunca más y allí estábamos completos los cuatro. Él era distinto deportivamente hablando, siempre jugó lindo a la pelota, nosotros con Pepe completábamos el equipo nomás, pero él ya en ese entonces se destacaba, tal es así que pasado el tiempo equipos de la capital cordobesa lo pretendían para sumarlos a sus plantillas, Carlitos, el Gallego, apodos que nos ponían nuestros tíos en Tucumán, extrovertido, cuando él estaba en casa se notaba, porque se llenaba de amigos que lo seguían, y como jugaba lindo a la pelota, partido que se armaba lo convocaban seguro, el cada pan y queso era el primer elegido, siempre, todos querían tenerlo de compañero, porque de rival corrían el riesgo de ser goleados. Carlitos, para mí él es simplemente mi hermano, con un corazón gigante, él se sacaba su camisa y te la daba si estabas en dificultad, es generoso, buen hermano, mejor amigo y en el colegio conserva recuerdos de haber sido elegido como mejor compañero en varias oportunidades, pero lo que tenía de buena persona, lo tenía de cabrón a la hora de la disputa deportiva, él por sí mismo