Название | Ataraxia |
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Автор произведения | Saúl Carreras |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9789878723280 |
Teresa del Valle (14 de enero de 1959)
Teresa, la única mujer de los cuatro, casi la misma edad, desde chicos, transitamos el mundo, me lleva un año y seis meses, cuando llegamos a Córdoba, en la escuela ella traía una formación del primer grado cursado, y yo para iniciar el primer grado, pero al presentarnos juntos nos ubicaron a ambos en el primer grado y desde allí cursamos el mismo nivel hasta el séptimo.
A medida que íbamos creciendo las cosas no nos eran tan fáciles, las carencias afloraban y las comparaciones nos dejaban en desigualdad de condiciones, con nuestros pares, pero lo más importante, seguían siendo nuestros valores. Las amistades llegaban, la comunicación con el medio nos arrojaba, la posibilidad de ganar amigos, relaciones humanas tan importantes, las peleas en los recreos, la falta de recursos, en los días de salida en mini viajes de estudios, donde visitábamos museos, y edificios públicos en forma didáctica. Algunos compañeros llevaban algo de dinero, que les habían dado sus padres, para gastar en alguna golosina y nosotros debíamos solo mirar y esperar que nos convidaran, momentos de desigualdad, que en su momento eran dolorosos, pero todo eso se olvidaba y lo contrarrestábamos con el amor de nuestros padres y su lucha diaria. En la adolescencia y ya entrando a la edad de salir a bailar, me tocaba ser el cuida de mi hermanita, hecho que nos acarreaba algunas disputas y peleas en casa. Nuestra madre ponía como condición, para permitirle salir, a ella, que yo la acompañe, y como a mí no me gustaban los bailes a los que ella le gustaba ir, el tema se tornaba a veces conflictivo. Pero a pesar de todo eso éramos en nuestros modos felices.
Y yo, Saúl Antonio (10 de junio de 1960)
Guardo recuerdos desde mi temprana infancia, hablamos de los cuatro o cinco años de existencia, recuerdo que siempre me atrajo la percusión, guardo recuerdos de mis dotes de percusionista tomando sillas, mesas cualquier cosa que sonara, para mi estaba bien, y no hablaré de mí, para no redundar, solo dejo este libro que es el fiel reflejo de lo que intento dejar como legado.
El despertar de un letargo:
Memorias de una peluquera de barrio…
La idiosincrasia en determinados lugares en nuestro acervo cultural suele darnos elementos para desarrollar un relato que puede terminar siendo tan rico en matices, anecdotarios diversos que rescatamos desde la vida misma de cada persona que utiliza el servicio, hoy nos vamos a referir a la peluquería, un templo con carácter propio, ese espacio donde las lenguas se sueltan buscando esa complicidad intrínseca del otro, momentos únicos de descarga, de catarsis personal, y también, por qué no, de desahogo ante la pena o el fervor del logro, todo puede suceder en ese ámbito sagrado, donde luego del acuerdo en cuanto a lo que necesita para su cuero cabelludo, estableciendo formas, estilos y desde la mirada experta en la que la peluquera saca a relucir su capacidad de la sugerencia (conforme al estilo, corte de cara, edad, personalidad), lograda a través de tantas veces que inicio el bendito ritual de acomodar las cabezas, aunque solo del lado de afuera y, cuándo no, inmiscuirse en contenidos, que sujeto al grado de confianza, el cliente desee volcar, conformando una charla de ida y vuelta que suele tornarse hasta terapéutica, donde la peluquera se luce brindando sabios consejos solo por conocimiento de causa y de saber de antemano historias colaterales y hasta con una pizca de picardía, juega con las cartas marcadas y hasta induce las respuestas que necesita para ser parte de la historia, al menos en su carácter de testigo; eventual e hipotético prólogo, dado que el vuelo literario, a veces no necesariamente, debe estar vinculado en forma directa con el perfil propio de la intención.
Por las tardes de los fines de semana (sábados) es cuando el caudal de clientes se intensifica, cuando los espejos deciden informar y coaccionar a la cliente o el cliente a visitar ese templo de la imagen, ese santuario necesario para la confabulación con el ego cómplice y coqueto, de la vanidad antojadiza y miserable, y es en ese preciso momento en el que la mano maestra de la peluquera o coiffeur, si quieres resultar más cool, entra en acción y su intervención entra en escena como partícipe necesario de la anécdota, chisme, o simplemente algún comentario que abre el discurso donde su orientación lleva siempre a la particularización del sujeto, y hasta ponerle nombre y apellido al participante de turno. Y fue en una de esas tardes en que llegó a su local de la avenida San Martín de la ciudad de Buenos Aires, Adela, con fines de hacer algo por su estética y de paso interactuar con su ya, casi amiga, Soledad, en este caso nuestra protagonista y la profesional de la tijera y el virtuoso modo de articular el vínculo entre el peine y el gel que dibuja sensaciones y en algunos casos verdaderas proezas en favor del desparpajo del cliente que en oportunidades solicitan desproporcionadamente poco menos que milagros, lo cual no sería vinculante a la capacidad del profesional y mucho menos su objetivo…
Adela: una mujer madura pero muy mona de entre unos 55 y 60 años, con un cuerpo que sabía de gimnasio y su estética indicaba que por algo era amiga de Soledad, solo por ser asidua visitante a su centro de estética. Adela llevaba una vida normal, con dos hijos ya grandes un varón y una mujer, y esposo del que se había divorciado, lo que le era funcional a sus propósitos naturales, por lo cual a veces se tomaba ciertas licencias de su figura de madre y las combinaba con los llamados de mujer, aún deseable. Esa tarde, Adela abrió el juego y decidió jugar a confiarle a Soledad un hecho que merecía ser compartido, porque cuando algo trascendente te sucede, no deja de manifestarse en un todo, hasta que no lo cuentas, de esa manera, se consolida, cuando la oreja del confidente forma parte del relato, cuando el hecho abandona el anonimato y corre lo más ligero que puede, en busca del “cómplice”. Esa sería la “máxima” de la trama, la complicidad es como si aliviara la carga o al menos la compartiera.
Otra cosa que merece señalarse es el modo de relato, de acuerdo al contexto, si en el local hay más de una persona y se quiere ser discreta, hablar en clave, es una de las mejores armas que suelen esgrimir, tú por más que afines el oído nunca lograrás entender de lo que se está hablando y por el contrario, si ese método intenta ser connotativo y darle de lleno al pecho de algún rencor, te puedo asegurar que el destinatario del comentario no logrará escapar de la apostilla e indefectiblemente se sentirá aludido o aludida , de eso, no te quepa la menor duda. Haciendo uso de ese compendio de artificios, Adela inició el relato con un…
“No sabes lo que me pasó ayer de tarde”…
Y eso para el oído cómplice de Soledad es como encender la mecha de la bomba y correr a ponerse a salvo, una urgencia; después de despedir a mi hijo que había pasado a saludarme como siempre lo hacía, le aviso que tenía pensado ir de compras ya que, recuerdas que te conté, me había invitado Victoria, esa compañera del secundario y que hace años que no veía, y que el destino hizo que coincidiéramos días pasados, caminando por Santa Fe, y quedé en visitarla en su casa, ella vivía en el centro. Tenía pensado comprarme una falda y a lo mejor un par de zapatos o sandalias. Me había parecido extraño que Victoria, cuando nos encontramos, no me comentara nada de su familia, solo hizo referencia a su mascota que era un gato siamés que cada vez que viajaba se lo dejaba a su mamá. Victoria contaba con una edad más o menos igual a la mía, pero se conservaba muy bien, a lo sumo tenía 55 años, no más.
Esa mañana terminé comprándome una falda de cuero negro que me iba de maravillas ya que mis piernas aún ameritaban que los hombres voltearan para volver a verlas y eso acrecentaba mi ego y elevaban mi autoestima. Luego de un llamado quedé con Victoria en que esa tarde iba a pasar a verla luego del almuerzo. Luego de confirmar que tenía un tiempo para mí, decidí estrenar mi falda y me dirigí a lo de Victoria. Un viaje en subte, caminé un par de cuadras y me encontraba a punto de tocar el timbre en la dirección que me había dado y que cuidadosamente había escrito en “notas” de mi celular. El edificio estaba sobre la calle Uruguay, plena Recoleta, una zona muy acomodada de la ciudad, 4.to