Saudade. Susana García Nájera

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Название Saudade
Автор произведения Susana García Nájera
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788418759475



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supervivientes bajo los escombros». Estrella baja el volumen todo lo rápido que le permite el machaque constante de su dedo pulgar contra la tecla de goma del mando y le da la espalda a la televisión. Le falta el aire. Esto, se dice, no le puede estar pasando a ella.

      Suelta el mando sobre la cama y se dirige apresurada a la cocina. Sigue sin poder respirar. Se arrodilla deprisa frente al armario de la esquina, introduce el brazo y alcanza sin mirar un paquete de seis berlinas de azúcar rellenas de chocolate que comienza a devorar, casi sin masticar. Tarda muy poco en comerse la mitad y, aún con restos de chocolate en las comisuras de la boca y azúcar en los dedos pegajosos, se levanta agarrotada del suelo, sube despacio las escaleras hasta el último piso de la casa y entra al baño. Dentro, se encierra echando el pestillo y se arrodilla junto al váter. Solo cuando ha vaciado por completo su estómago, tira de la cadena y, mientras la cisterna se rellena, apoya la frente en la taza del inodoro y comienza a llorar.

      Una hora más tarde, Estrella se ha duchado y se ha cambiado de ropa. Busca en uno de los cajones el libro de familia que le han pedido que lleve y, entre todo el papeleo, encuentra el pasaporte. No le hace falta para viajar a Italia, lo sabe, pero se sienta, abatida, en una esquina de la cama y hojea las páginas, casi todas selladas. Ha perdido la cuenta de los países a los que ha viajado con su marido, primero como su secretaria y después como su esposa.

      Ricardo tiene una empresa que diseña y fabrica componentes para sistemas ferroviarios. Al principio, ella lo acompañaba a todos los lugares a los que iba a firmar los contratos y aquellos viajes eran como lunas de miel para ambos, pedazos de paraíso donde se bebían la vida uno en la boca del otro. Luego ella se quedó embarazada y a los pocos meses abortó; era un varón. Al año siguiente, embarazada de nuevo y para evitar otro aborto, guardó reposo absoluto hasta que, por fin, dio a luz a ese hijo tan deseado. A los cuatro días, falleció. Muerte súbita, dijeron los médicos. Le tuvieron que poner un nombre para el acta de defunción y le llamaron Jaime, como su padre. Le enterraron en una tumbita en el cementerio de la Almudena. Pasaron los años, años en los que evitó quedarse embarazada y en los que salía huyendo cada vez que veía aparecer un carrito de bebé. Tras una larga depresión, retomó su vida, volvió a trabajar y a viajar con su marido, pero ya no era igual. Nada volvió a ser igual que antes. Por insistencia de Ricardo, de nuevo se quedó embarazada y esta vez no tuvo una, sino dos hijas: Teresa y Patricia. Dos niñas por sus dos niños muertos.

      Estrella se dedicó exclusivamente a las gemelas. Dejó el trabajo y de acompañar a Ricardo en sus viajes y en su vida, y él, centrado en la empresa, dejó de contar con ella y pasar, por motivos laborales o no, más tiempo en hoteles que en su propia casa. Y así, mes a mes, año tras año, fue como se rompió la relación entre ambos. No hubo terceras personas, y cuando las hubo ya no importó. Tampoco hubo dramas ni gritos. Solo ocurrió la nada.

      Estrella se tumba en la cama de matrimonio y piensa en su hija Patricia y en la última vez que hablaron por teléfono. Recuerda la conversación perfectamente porque la llamó para decirle que se separaba de su padre y que abandonaba la casa familiar de Aravaca para irse a vivir al centro, al piso de la calle Alcalá esquina Goya. Sabía que no sería una conversación tan enrevesada como la que mantuvo con Teresa, pero tampoco imaginó que al colgar se pudiera sentir mejor o, al menos, no tan culpable. Patricia no se extrañó de su decisión, pues sabía de la nada alrededor de su cuello en los últimos años. Quizá antes que ella misma:

      —Lo extraño, mamá, es que no lo hicieras antes.

      Y luego le restó importancia:

      —Una etapa nueva de tu vida. Es normal.

      Se preocupó por su padre:

      —Se volcará en el trabajo aún más.

      Prometió mediar con su hermana:

      —Hablaré con Teté más adelante. Se le pasará. Dale tiempo.

      Y colgó. ¿A quién de su familia habría salido esta hija suya?

      Estrella no puede imaginar que a Patricia le haya podido suceder algo malo. La naturaleza humana, se consuela, sigue un orden natural: primero mueren los padres y luego los hijos, ¿no? Mientras hojea el pasaporte, mira los sellos estampados de los países en los que ha estado: Vietnam, Filipinas, Japón... Vuelve a pensar en la nada y en cómo tiempo atrás se fue instalando poco a poco en su matrimonio y en su vida arrasando con todo.

      Cuando las gemelas eran pequeñas, la nada se disfrazaba de cumpleaños, de comidas con los abuelos, de viajes en familia a Eurodisney o de cansancio por las noches cuando las niñas se quedaban dormidas y no había excusa para no abandonarse el uno en el otro. Pero cuando Teresa se casó y Patricia se fue a vivir a Italia, la nada lo invadió absolutamente todo: se desparramó por la casa y la vida, por los libros y las tazas de té, por los recovecos del jardín y los de la piel. Se mezcló con la colada demasiado austera de camisas blancas de él y faldas godet de ella. La nada estaba en la sopa fría de su restaurante favorito y hasta en la cena más informal los viernes por la noche, cuando ambos se preparaban sendas bandejas con bocadillos y cerveza en la mesa de la cocina, pero, a diferencia del pasado, sin mantener una conversación amena, sin mirarse a los ojos; apenas un par de palabras y algún que otro monosílabo.

      Fue en esos tiempos también cuando comenzó a notar que, aun comiendo lo mismo de siempre, estaba engordando y que ni haciendo dieta o deporte conseguía adelgazar. «Es el cambio —le decían sus amigas—, a todas nos ha pasado. Acéptalo». Ella no lo iba a hacer. No iba a asumir los kilos ni los años de más. Por eso, se apuntó a un gimnasio al que asistía religiosamente cada día y comenzó a saltarse las cenas. Sin embargo, no le parecía que aquello fuera suficiente, por lo que una tarde de sobremesa, tras una comida copiosa, no sabe por qué pues no fue premeditado, se encerró en el baño, se metió los dedos en la boca tanto como pudo y vomitó. Sin más. ¡Así de sencillo! Como una adolescente cualquiera, solo que ella tenía cincuenta y cuatro años. Lo peor no fue esa primera vez ni las veces siguientes. Lo peor no fueron las excusas para escabullirse al baño después de comer. Lo peor fue ver su cara en el espejo tras tirar de la cadena del váter.

      Sin ella sentada a la mesa por las noches, el matrimonio dejó de hacer lo único que hacían juntos por aquel entonces, el último atisbo de pareja que les quedaba: cenar juntos y conversar sobre sus cosas, las hijas o el trabajo. Al final, se convirtieron en dos bultos a cada lado de una cama cada vez más ancha, dos sombras que coincidían en un pasillo demasiado largo. Era ella viendo las noticias sentada sola en el sofá del salón. Era él comiendo un bocadillo de pie en la cocina con la vista fija en un azulejo de la pared.

      Uno de esos días, harta de tanto hastío, para distraerse, Estrella reformó el piso que tenían en la calle Alcalá esquina Goya con la intención de alquilarlo. Aquel piso lo compraron cuando las niñas empezaron la universidad, para que no tuvieran que trasladarse desde Aravaca al centro todas las mañanas. El último día, cuando Estrella hacía la supervisión final de la reforma y la decoración, alineando los cuadros a su paso y estirando las alfombras con la punta de su zapato hasta quedar perfectamente cuadradas, se dejó llevar por el sonido de sus propios tacones sobre la tarima recién pulida y pensó que ese repique era lo que quería escuchar todos los días al entrar en casa, en esa casa, en su casa. Quizá la nada, allí, no la siguiera. Decidió, plantada allí mismo, en mitad del salón del piso de la calle Alcalá esquina Goya, que se iba a separar de su marido, de la colada austera de dos, de la casa vacía y grande y de la sopa fría. En cuanto tomó conciencia de la vida nueva que se abría ante ella, la nada dejó de pesarle como una losa sobre su espalda, los tacones aplaudieron con descaro y la casa, como la de Cortázar, fue tomada.

      Esa misma noche esperó a que llegara su marido de trabajar. Estaba nerviosa. No dejaba de mirar el armario de la esquina donde escondía los dulces, pero se contuvo. Se trataba de cambiar de vida y también de hábitos. Cuando Ricardo entró en la cocina ella le aguardaba sentada, bajo el plafón de luz fría. Este llevaba semanas parpadeando, habría que llamar a alguien para que lo arreglara, aunque en ese instante Estrella decidió, del mismo modo, que ya no era su problema. Y le dejó; dejó a su marido. Fue rápido, apenas unas frases, la mitad eran hechas, de relleno; nada que ver con el discurso