Название | Campo de los almendros |
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Автор произведения | Max Aub |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9788491347804 |
–¿Siempre te estás dando importancia? ¿O pagaste algo por nacer? Pura casualidad, y fuiste. ¿Y eso tienes quec defender? Mírate bien, ya que te gusta. Igual que un pollo o una col; estos, a veces, deben su vida a la decisión de seres que los necesitaban: fueron plantados.
–¿Crees que nosotros también?
–No lo creo; se sabría.
–¿Crees que las coles saben que fueron plantadas?
–Habría que preguntárselo.
–Te aseguro que no lo saben.
–¿De qué poder usas para saberlo?
–Esto nos llevaría a suponer que a nosotros también nos plantan. Es decir, dar la razón a los católicos o a otros de la misma ralea.
Templado calló un momento:
–Bueno, vamos a considerarlo de otra manera: pura casualidad, sin más. ¿Qué importa entonces la vida?
–Será la tuya.
–Sí, desde luego, la mía. Y la de los demás.
–¿Entonces? ¿Por qué quieres que sea de una manera y no de otra? ¿Por qué has luchado? ¿Por qué estamos aquí?
–Como hay una razón es evidente que no sabes lo que dices.
–Lo que queréis es, sencillamente, privar al hombre de su historia. No me refiero a vuestros cortes en ella o a su enfoque –cada quien hace lo que puede– sino que de veras queréis plantar al hombre en el mundo como si no tuviera pasado, como si no hiciera sombra, como si lo que existe fuese lo único que existiera.
–A ti lo que te importa es tu sombra. Mírala, te la regala la luna. Dentro de un momento ya no la tendrás, por las nubes.
Trastabilla Ferrís. Se detiene.
–Hasta se te enredan los pies en ella.
Se embravece:
–Hago lo que me da la gana.
–Creo que no. Eso es precisamente lo que no haces. Eres de esos para quienes lo que cuenta es la memoria.
–El hombre es su memoria. ¿Te figuras un mundo sin memoria? No. La memoria es la base de la humanidad. Recordar, si se piensa un momento, es monstruoso: es la muerte –lo muerto, lo pasado– que determina en todo momento la vida. Entonces, ¿por qué me echas en cara mi pasión de inmortalidad?, lo más puro del hombre, su razón más firme.55
–Te lo figuras. Eres lo que haces; en cuanto a las razones, es cuenta tuya: la cuenta que te haces; lo que cuenta es lo que eres. Ni siquiera el vino que trasegaste, sino el efecto que te hace.
–¿Eso lo dice un forense?
–No lo soy: lo olvido todo, embotado el entendimiento.
–Un botarate.
–Servidor. Pero si, de verdad, crees en el tiempo –ese descubrimiento de ayer–, no podrás vivir: te abrumará. Solo te quedaría un remedio: irte lo más pronto posible al otro lado, avergonzado de lo que no has hecho.
–O de lo que voy a hacer.
Se para a mear.
–A lo mejor te hago caso.
Embragueta.
–Mira, solo hay dos maneras de escribir: desnudarse –destacar, se dice– o emperifollarse. El escritor –el angustiado– intenta echar de sí cuanto le puede hacer aparecer vestido. Cuanto más desnudo, mejor. Hay otra manera –tan ilustre– que requiere toda clase de adornos y abalorios. La historia manda y hay –como no puede menos de ser– épocas de confusión en que creyendo desnudarse, y aun echar las tripas, el artista no hace más que enredarse en telas de araña. Añade, médico, que uno puede desnudarse pero que es imposible hacerlo con los demás. Para pintar a otros se tiene que recurrir a lo que les recubre; aunque sea la piel.
–Se les puede desollar.
–Eso tú, para la anatomía. Para los mortales sería sangre y entrañas, my friend. Y, ahora, a callar, que los demás duermen.
–A desnudarse.
Vicente sueña poco. Si sueño –supone– no lo recuerdo. Ahora, traspuesto, transido, despierto otra vez, quebrantado, rememora la pesadilla entre duerme y vela. ¿O sueña?
El mar, un mar sin orillas, negro, enorme: de betún. Sin cielo. Si lo hay no lo ve. Vicente ve el agua negra desde lo alto. ¿Dónde está? ¿En un barco? ¿En lo más alto de un mástil? Porque volar, no vuela: está fijo, ve desde arriba la prodigiosa extensión del océano negro que lentamente empieza a arremolinarse sobre sí mismo. Agua negra pesada, oleaginosa, con largas espirales finas de espuma parda, musga, sucia. ¿Quién, qué produce el remolino? No hay viento. El agua da vueltas cada vez más rápidas. Del rodar lento y lejano al torbellino. Vorágine del centro que poco a poco empieza a hundirse –arrastrando largas espirales finas de espuma oscura–. Todo –a su vista– se arremolina hacia una hoya profundísima, sin fondo. Maelstrom.
La fuerza de la corriente le atrae, le llama para sí, le arrebata. Resiste. Puede. (¿Atado al mástil? No.) Puede, de voluntad. Nada de lo que ve resiste, la corriente arranca cuanto se le pone delante, engolfa objetos que no distingue con claridad. ¿Maderos, barcas? Residuos de no sabe qué. No hay viento que explique el fenómeno.
Enajenado, desfallece. Ahogado, suspenso el entender; todo ojos. Arrecia la ronda. Cae. Pero, no. Ve, sigue mirando, fijo, el fin de todo. El agua negra rueda y da vueltas revolviéndose, revolcando. En el fondo estrecho un punto todavía más negro. Mareo, ansia, congoja. Despertar relampagueante, dolor de cabeza. Fin del mundo. Interpreta: estamos perdidos. Estoy perdido. Única luz: Asunción. Buscarla, buscarla. Debe de estar aquí, ahí, aquí fuera. Perdida. ¿Cómo dar con ella entre miles? Un altavoz. ¿Dónde? Encontrarla y todo se arreglará. Encontrarla y todo será fácil. Se levanta a duras penas. Crujen –o se lo figura– sus articulaciones. Y las del pensamiento. No se le va de la retina el inmenso remolino.
Anda, busca, tropieza; aterido. El mar, el mar oscuro. Quieto. Si ahora empezara a arremolinarse, a tragarnos a todos... La gente amontonada, como nunca. Nunca hubo tanta. Anda, busca, tropieza, grita:
–¡Asunción!
Estoy soñando. Se da cuenta de que está soñando. Cree estar soñando. Cree estar despierto. Está seguro de estar despierto. Hay que destruir inmediatamente el sueño, atacándolo en su médula. Se dirige, a pie firme (¡sobre qué!), al centro del hoyo. Allí se abre un largo corredor, un larguísimo corredor que se pierde en la perspectiva de sus ojos. (¿Cómo es posible que siendo todo igual de alto, de ancho, acabe en un punto visible? Porque tiene dos ojos. No recuerda la ley. Si fuese bizco vería las cosas tal como son. Se lleva la mano derecha al ojo derecho y se lo arranca –sin dolor–, siente correr la sangre por su mejilla derecha.) Pero el corredor sigue igual, estrechado en un punto hacia el que marcha con paso seguro.
La enorme fotografía del ojo de un hombre; el iris, la pupila, el blanco, el párpado, las pestañas, la ceja. El corredor se aboveda, entra en el ojo, pisa lo blanco, penetra en la pupila camino del iris que se va cerrando como el objetivo de la Kodak que