Campo de los almendros. Max Aub

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Название Campo de los almendros
Автор произведения Max Aub
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788491347804



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lo sé, pero creo que va todos los días al Museo; es muy amigo de Ambrosio Villegas.

      –Villegas está en Madrid.

      –Andas muy atrasado de noticias: hace mucho que los de la junta volvieron a destinarle aquí.64 No quiso pasar a Cataluña.

      –Para allá voy. Hasta luego. ¿Luego? ¿Dónde?

      Vicente no puede con su alma cuando llega al Carmen. Ambrosio Villegas; otros. Don Juanito Valcárcel. La dirección: la tía Concha, la niña lela.

      –Claudia, saluda a mi sobrino. Se llama Vicente.

      –¿Y Asunción?

      –Tú sabrás.

      –No.

      –Se fue a Alicante, a reunirse contigo.

      –¿Cuándo?

      –Hace cuatro días.

      Vicente se deja caer en un sillón que cruje y se ladea.

      –Ahí, no. Siéntate ahí.

      Vicente no se mueve. No puede.

      –¿No fuiste a Alicante?

      –No pude.

      –¿De dónde vienes?

      El joven hace un gesto vago.

      –De Madrid.

      –¡Eso ya lo sé! ¿Qué vas a hacer?

      Dormir, piensa Vicente, pero dice:

      –Irme a Alicante.

      Una pausa.

      –¿Cuándo?

      –Ahora.

      –Lo que debes hacer es dormir.

      Vicente no tiene fuerza para contestar. Luego pregunta:

      –¿Cómo está?

      –¿Cómo quieres que esté? Bien.

      Sobreponiéndose, Vicente busca a Monse. La encuentra en el Instituto para Obreros, de la calle de Sagunto,65 donde seguía haciéndose una vida relativamente normal, por lo menos en la Colonia Escolar. La joven se quedó asombrada al verle.

      –¿Hasta ahora no has llegado?

      –Ya ves.

      –Asunción debe de estar como loca buscándote en Alicante.

      –¿No sabes dónde puede estar allí?

      –Ni la menor idea.

      ¿Quién podría decírselo? ¿A quién recurrir?

      –Lo mejor es que te vayas allá lo antes posible.

      Recurrir al Partido.

      –¿Quién está aquí?

      –Todos, hasta en la cárcel, pero no se les ve. Otros, sueltos, en Náquera...

      –De allí vengo.

      –Por aquí anda Hernández y pasó Checa, a quien habían detenido en Alicante.66 A ver si das con Ángel Gaos.67 Dicen que está encargado de la evacuación. Debe de tener bastantes enlaces. Lo mejor: que te fueses lo antes posible.

      –Es lo que pienso hacer. ¿Y Bonifacio?

      –Debe de estar en su casa. O, por lo menos, allí te dirán dónde está.

      El sueño aumenta su confusión, todo se le mezcla y perturba. La algarabía de los niños acrecienta el remolino de su desdicha. Gritan, corren, se persiguen, juegan.

      –Lo que necesitas es descansar. Tienes cara de muerto, ¿por qué no vas a casa y duermes?

      Y luego será otro día. Tiene razón, pero resiste.

      –Dame unas aspirinas.

      Las toma, sentado en una mesa del gran comedor. Largas mesas desiertas.

      –¿Cómo está?

      –Bien. Pero lo único que quiere es estar contigo.

      Vicente deja caer su cabeza sobre sus antebrazos. Se le enturbia la vista y duerme de golpe. Monse duda y sale.

      Le despierta a la hora de comer la gritería de los párvulos. Lee, como idiota, los grandes carteles pegados en las paredes.

      EL TALENTO,

      NO EL DINERO

       ABRE LAS PUERTAS DEL ESTUDIO

      LA CULTURA HA DEJADO DE SER PRIVILEGIO DE UNA MINORÍA

      EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR HA CREADO MILES DE BECAS PARA COSTEAR LOS ESTUDIOS DE TODOS LOS HIJOS DEL PUEBLO QUE ACREDITEN SU TALENTO

       Pedid informes detallados en todos los Centros de Enseñanza, en vuestros lugares de trabajo, en vuestras organizaciones y en el

       MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA 68

      –¿No vas a ir a casa?

      –No. No lo sé. Voy a ver a Bonifacio Álvarez. Después...

      –¿Después?

      –Dar con ella, como sea.

      Villegas y Valcárcel pasan frente a los Salesianos. Han ido a comprar unos chorizos en la trastienda de una ferretería, que Pepa ha descubierto, en la calle de Serranos.

      –Total, no te cuesta nada, al ir al Museo. Tomas el tranvía... Es cuestión de diez minutos.

      Al salir encuentra a don Juanito, que iba a verle. Le extraña la hora desusada.

      –Acompáñame.

      –¿Qué hago?

      –Ya hemos hablado bastante de eso. Es cuestión tuya.

      –Por eso.

      Los Salesianos...69 Villegas recuerda los primeros días de la insurrección militar, de cómo acudían, en tropel, a apuntarse en las «milicias» toda clase de gente, buenos, malos y regulares. De cómo se despobló el río cercano; allí los escapados de San Miguel de los Reyes,70 mendigos, gorrones, vagos, lisiados que solían dormir en el «lecho» del río, al socaire de los puentes, sobre todo del de Serranos; los sopistas, los zampalimosnas, los del bodrio, alguno del asilo, unas manflas vestidas con monos azules, todos, en fila, con algo rojo: un pañuelo, una faja, un gorro, un cojo con una flor.71

      –Apunta a este.

      –Y a mí.

      ¿Qué se han hecho? Tal vez alguno vuelva a ser lo que fue.

      Las puertas de Serranos; en aquella época, ese bárbaro de Escriche, vestido de general ruso – tal como él se lo figuraba–, con chamarra de piel de cordero, gorro de astracán, en agosto, con un calor insoportable –subido en un cajón, arengando a los que no tenían otra cosa que hacer, enhebrando lugares comunes:

      –¡Compañeros...! ¡Camaradas! ¡La República! ¡La democracia! ¡La reacción! ¡La patria está en peligro! ¡A las trincheras...!

      Y aquel chusco voz en cuello:

      –Y tú, ¿por qué no vas?

      El desconcierto del fanfarrón. Ayer; hace cerca de tres años, aquel empuje, aquel entusiasmo, aquella fuerza de la opinión, aquel fulminar contra los agresores, aquel poder implantarse, aquel desenredarse de las ocasiones, aquella salida al cerrado laberinto de la vida diaria... Torres, su peluquero, convertido en jefe de una columna... Este vencimiento.72

      –¿Qué hago?

      Don Juanito sigue y sigue hablando. Pasan frente a la Asociación de los Desamparados.73

      –Me preocupan estos niños. No tendrían que marcharse los mayores sino ellos –dice Villegas.74