La sombra de nosotros. Susana Quirós Lagares

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Название La sombra de nosotros
Автор произведения Susana Quirós Lagares
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788416366552



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encontramos ante un extraño pirómano?

      —Eso es algo obvio. Si sigue además el mismo procedimiento, supongo que habréis determinado que se trata de la misma persona. Lo que me preocupa es la razón en sí.

      Había oído a los agentes comentar el incremento en casos de incendios durante los días anteriores en la comisaría, pero Eden la mantuvo demasiado ocupada para pensar siquiera en ello.

      —Podría tratarse de algún explosivo que al prenderse se lleve todo rastro, aunque dudo que exista semejante producto que no deje vestigio alguno de su combustión.

      —Lo curioso es que se produzcan en edificios abandonados. ¿Por qué alguien haría eso? Podría tratarse de jóvenes desatados, pero no en lugares tan distantes de la ciudad. Eriol mencionó algo sobre una casa en llamas cerca del centro.

      —Comenzó con varios vehículos que no relacionamos hasta más tarde. Le siguieron dos naves en el puerto, ambas vacías. Al parecer pertenecieron al ejército. Luego fue una casa en la avenida St. John y ayer un edificio en la periferia —explicó Will con entusiasmo.

      Juliette siempre había tenido una buena opinión del chico. Solo él se involucraba tanto como ella en los casos, disfrutaba de su profesión. Que Eriol pensara en ascenderle a sargento de policía no era ninguna sorpresa.

      —¿Y si están probando algo? —sugirió Juliette—. No habéis dado con el origen de las llamas ni producto alguno, acelerante o detonación… Puede que se trate de ciertos experimentos. Si lo analizara como periodista, pensaría en la industria química o quizás en una nueva arma. Tú mismo has dicho que los almacenes del puerto pertenecieron al ejército.

      —No es una idea descabellada. La velocidad a la que se expande es increíble, y parece controlado, pues nunca se extiende fuera del recinto o del edificio…

      Un fuerte golpe en la mesa ahogó la voz de su amigo y ambos se volvieron para ver a un Héctor ya ebrio.

      —Bueno, tortolitos, dejemos el trabajo, por favor. —Les guiñó un ojo mientras se sentaba en el otro extremo—. ¡Bastante hemos tenido con lo de esta tarde!

      —¿A qué te refieres? —Juliette alzó la voz, para que los oídos indicados escucharan con claridad.

      —A todo. ¿Un hombre regresa de entre los muertos y se pone a matar a diestro y siniestro? Parece una película de zombis.

      —Pero eso no es culpa de Eriol, no tiene nada que ver con él.

      —Claro que no, pero lo de hoy ya ha sido de locos.

      Sintió la mirada crítica de Will, quien estaba perdido con la nueva actitud de la joven.

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      —El teléfono de Juliette vibró. Con discreción, le echó un vistazo. —Eriol tendrá sus motivos —Juliette sabía qué botones pulsar para hacer funcionar la máquina de los rumores.

      —¿Dejar a un testigo sin protección? ¿En el St. Claire? ¡Ese hospital no está a un paso de la comisaría! Ha puesto una diana en la frente de ese anciano.

      Will no era como los demás. Conocía bien a sus compañeros y a Juliette. Supo ver la dirección que llevaba aquella charla y se sumó al engaño.

      —¿Qué más da? —dijo al alzar la copa—. Tú misma me has contado que os ha tratado a puntapiés. No creo que ese viejo merezca otra cosa.

      —Vaya, el bueno de Will mandando al traste todo —comentó Héctor.

      —No quiero que el viejo muera a manos de ese monstruo resucitado —añadió—, pero hemos intentado ayudarle y él niega todo apoyo porque somos maderos.

      —Quizás no sea lo correcto, pero es lo que Harris se ha ganado —terminó Héctor con la discusión.

      —Es una lástima —opinó Juliette—. Espero que Eriol sepa lo que hace.

      Will sonrió a la joven y ella le devolvió la sonrisa.El sedal no debería tardar en sacudirse.

      Nada sucedió esa noche. Tampoco las dos siguientes. Quizás las noticias no habían llegado al criminal, o se había olvidado de su viejo amigo. Cuando pasó una semana, hasta Juliette se rindió. Eric Harris podría recibir el alta hospitalaria y tendría que volver a casa, algo a lo que él se negaba por completo. El anciano exigía protección y, en realidad, merecía ser protegido. La comisaría parecía un hervidero, pues algunos criticaban la actitud de Harris hacia la policía y otros defendían su inocencia en el caso Eden, como le ocurría a Juliette. De cualquier manera, el abogado de Harris los puso contra las cuerdas y se vieron obligados a solicitar su ingreso en el programa de testigos. El fiscal no tardó en aceptar la petición. En tan solo unos días, el caso de Robert Eden se había enfriado, prácticamente perdido, y se habían quedado sin su única herramienta para poder detenerle, o al menos encontrarle.

      El fracaso policial fue para Juliette algo personal. Sintió que había fallado a Leonor y a sus propios compañeros armados. Sus artículos en el periódico se volvieron melancólicos y desprovistos de ánimo alguno. Incluso Jack se preocupó por ella cuando leyó aquel fragmento:

      […] Está claro que no somos dueños de nada: ni de nuestro destino, ni de nuestros sueños. ¿Por qué esforzarnos? ¿Por qué amargarnos? Si algo tiene que pasar, entonces lo hará, independientemente de si actuamos o no. Esta actitud es un mal que invade nuestra ciudad, la razón de sufrir uno de los mayores índices de criminalidad del país. Lo arreglamos con pensar que no es nuestro problema. No ayudamos en nada si no nos afecta. Hasta que lo hace, y entonces clamamos al cielo, nos quejamos y hablamos de la incompetencia de nuestros agentes, de las leyes, de los políticos… pero los responsables somos nosotros. Hoy se ha absuelto a Jeremy Gordon, un pez gordo del tráfico de armas en nuestra ciudad. ¿La causa? Los testigos se echaron atrás. Nadie dice nada, y así, contribuimos a que Elveside sea un lugar más peligroso para nuestros hijos, padres, ancianos… Para todos.

      Su jefe la obligó a releer sus columnas de todo el mes e incluso ella se dio cuenta de que parecía haber dado un paso atrás desde que regresó. Eso la abrumó y decidió ponerle fin.

      Había llegado el momento de seguir adelante, y nada mejor para hacerlo que trabajar en otro caso y calor familiar. Como decía su abuela sobre la lotería: la suerte es para los desdichados. Si aquello era cierto, Juliette no dispondría de suerte con el caso Eden, pero era afortunada en la vida. Aunque ella no lo supiera.

      Decidió dos cosas entonces, y ambas fueron mediante una llamada. Primero telefoneó a su madre para tomar un café con ella y su abuela en The Green Garden aquella tarde. La segunda llamada fue a Will. Le pidió que la pusiera al día sobre los incendios de la ciudad. Unos minutos después ya tenía la tarde planeada y un nuevo caso en el que centrar toda su atención.

      Antes del encuentro familiar, su visita sería a la biblioteca, donde sabía que la esperaba una Agnes dura de pelear. Los primeros pasos de la investigación del Pirómano de Elveside, como ya lo llamaban en las noticias, los había realizado a través de internet, pero los planos de las localizaciones de los incendios eran antiguos e incompletos, y solo Agnes podría proporcionarle tal información actualizada a través de la base de datos de información geográfica urbana. La confidencialidad de determinadas zonas y una bibliotecaria estrictamente reglamentaria le provocarían dolor de cabeza, pero no había otro modo si pretendía hallar algún tipo de patrón o comportamiento en los objetivos del extraño pirómano. Además, Juliette amaba visitar la biblioteca.

      —Sé lo mucho que quieres verlos, Juliette —dijo Agnes. Su voz pretendía ser conciliadora, aunque tenía el efecto contrario en la joven—, pero no puedo darte acceso. Estos procedimientos requieren tiempo y permisos. Piensa que son bienes de incalculable valor histórico para la ciudad y tú te niegas a seguir los protocolos legales. Ni siquiera me has dejado consultarlo con el director de los archivos.

      —Es que es para una investigación. Requiere confidencialidad