La sombra de nosotros. Susana Quirós Lagares

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Название La sombra de nosotros
Автор произведения Susana Quirós Lagares
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788416366552



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nunca molestas. De hecho, iba a llamarte esta noche.

      —¿Con una proposición indecente?

      El comentario logró sacar una carcajada a la chica. Hacía mucho que Eriol no traía a la mesa el enamoramiento que tuvo durante sus primeros meses de novata.

      —Muy indecente: pizza y conspiraciones. ¿Qué te parece?

      —Doblemente delicioso. —Aunque no podía verlo, sabía que estaba sonriendo—. Sin embargo, vamos a tener que dejarlo para otro día.

      —Pero…

      —Escucha, Eric Harris quiere verte antes de desaparecer para siempre de nuestras vidas.

      —¿A mí? Si ni siquiera nos soportamos.

      —Eso pensaba yo, aunque parece ser que eres, y cito textualmente, «la única con agallas suficientes para ocuparse de este caso». Puede que sea uno de sus caprichos, vete tú a saber… Lo único que me importa es lo que pueda decirte.

      —Sí, lo entiendo. No podemos perder una oportunidad así. Aunque pensé que el caso había sido archivado.

      —Y lo estará desde mañana si ese anciano grosero no nos dice algo para continuar.

      —Tenía la certeza de que le habíamos sacado todo —comentó Juliette—. Quizás mi instinto se haya atrofiado con el retiro…

      —No te preocupes. Como decía mi padre, de nada sirve llorar por la leche derramada.

      —En nada lo sabremos. Pillo un taxi y nos vemos allí.

      Tras despedirse, pasó por la barra y se aseguró de pagar la cuenta de su mesa. Además, pidió que les llevaran un par de porciones de bizcocho de plátano. Garabateó una nota como disculpa y la incorporó a uno de los platos.

      El viejo Harris, a quien llevaba un par de semanas sin ver, exigía hablar con ella.

      «La única con agallas…», se repetía en el taxi.

      Solo Alec la había alentado cada día de ese modo antes de ir a trabajar.

      Sin pretenderlo, se vio inmersa en uno de sus recuerdos más preciados.

       VERANO 2016

      La Posada del Errante. De todos los bares a los que podía haber acudido su mentor, tenía que ser precisamente al que más criminales asistían. Paul era un policía excelente y Juliette no pudo escoger a alguien mejor para su formación policial, pero el último caso le había dejado hecho polvo, y cuando se marchó de la comisaría no pudo evitar preocuparse por él. Cuando al día siguiente no acudió al trabajo, todo el mundo insistió en que no ocurría nada, que se había tomado un descaso. Quizás Juliette solo estaba exagerando. Sin embargo, sabía reconocer el vacío interior que se abre paso a través de una mirada sin brillo, sin chispa. Y nadie toma las mejores decisiones cuando está atrapado en ese bache del camino.

      Había visitado ya su bar favorito y tres más que se encontraban en la zona, pero no había rastro alguno. Y entonces recibió la llamada de Albert, avisándola de que había creído ver a Paul en su bar.

      Albert Rockwood no atraía a la policía a su local, aunque le tenía cariño a Juliette desde que trabajó un verano como camarera. Así que se dirigió hasta allí… para no encontrar señal de Paul. Hacía horas que nadie lo veía, y frustrada le rogó a Albert que la llamase en cuanto supiera algo de él.

      El hombre, vestido con un traje de color gris y con una barba en la que ya había más canas que oscuridad, aceptó e insistió en acompañarla a la salida. Fue en ese preciso instante cuando oyó su nombre.

      —¿Juliette?

      La joven se giró decidida, pero nada la habría preparado para encontrar el rostro de Alec Trailaway. No lo veía desde que aquel hombre la atacó, y por cómo huyó del lugar le extrañó que quisiera hablar con ella.

      —¿Trailaway?

      La joven se puso en guardia y aumentó la distancia entre ellos. Ya le había pasado que algún delincuente al que había interrogado se obsesionara con ella. Nunca había llegado más allá de palabras y gestos obscenos, aunque sin pensarlo echó mano al espray de pimienta de su bolso y apuntó con él al chico.

      —Alto ahí, agente. Le recuerdo que esto es un refugio. —Levantó las manos para mostrar que estaba desarmado, pero Juliette seguía sin confiar—. Solo quiero vivir mi vida, sin hacer daño a nadie.

      Albert le echó una mirada divertida ante el título de agente y quiso corregir al muchacho. Él no se metía en los secretos ajenos y era más conveniente que el chico creyera que era policía.

      —Él tiene razón, querida. Conoces el acuerdo.

      Aquello hizo suspirar a Juliette, que tiró con nerviosismo de uno de sus mechones rojos, teñidos desde la adolescencia.

      —Está bien. Seré fiel al pacto. Solo me gustaría que respondieses una pregunta —expuso ella con pose más relajada—. ¿Has visto por aquí a este agente? —Le enseñó la foto de Paul—. Ha desaparecido.

      El chico se acercó para mirar de cerca, y Juliette contuvo el impulso de dar un paso atrás. Aún no se sentía cómoda cerca de delincuentes. No al menos desde que trabajaba para la policía. Durante su paso por La Posada del Errante como camarera solo veía clientes, nunca los imaginó como criminales. Las normas del local eran claras y de obligado cumplimiento para todos: respeto y silencio. Los asuntos pendientes quedaban fuera y a nadie le interesaba que Albert Rockwood se cabreara.

      —No, pero puedo echarte una mano —respondió—. Conozco un par de sitios donde podrían tener información.

      —¿Lo dices en serio? —la sorpresa en su voz era casi ofensiva—. ¿Por qué?

      —Porque cuando me aburro me meto en algún lío. Además, será interesante, Juliette —dijo Alec con una sonrisa mediante.

      El joven desapareció tras la cortina de las salas de juego. Fue entonces cuando ella pensó en lo más evidente que había ocurrido.

      —Espera… —se dirigió a Albert—. ¿Cómo conoce mi nombre?

      —Supongo que te veré mucho por aquí hasta que lo descubras, jovencita. —Albert soltó una carcajada que le recordó al ladrido de un perro viejo—. Es un buen chico. No seas demasiado dura con él.

      —Pero… —El hombre se encogió de hombros y volvió a su oficina.

      Aquel día todos parecían querer dejarla con la palabra en la boca. Suspirando, salió de La Posada del Errante. Volvería por la noche, cuando estuviera más frecuentada.

      El sonido de un claxon terminó de espabilarla y por la ventana vio que estaba al lado del hospital. Respiró antes de entrar en el edificio. Debía prepararse para una última ración de la insoportable personalidad de Eric Harris. Si no fuese porque Eriol le había rogado por el caso, habría dado media vuelta y regresado a casa. Arrastrando los pies, se dirigió a los ascensores y sintió como si la observara de cerca un reflejo en el pasillo. Al mirar en aquella dirección la sombra había desaparecido.

      «Tengo que descansar», pensó.

      En la planta solo encontró a un par de enfermeras y al agente a cargo de la vigilancia en la puerta de la habitación. Saludó con un gesto de cabeza, pues no recordaba el nombre del policía, y entró en la habitación, donde un señor Harris trajeado la recibió de pie con una mirada de incredulidad.

      —Señorita Libston, pensé que no vendría.

      Parecía sincero, lo que sorprendió más a ella que a él.

      —Usted dijo que quería verme —se limitó a responder.

      —Sí, pero, dada nuestra relación, confieso que no tenía esperanzas de