La sombra de nosotros. Susana Quirós Lagares

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Название La sombra de nosotros
Автор произведения Susana Quirós Lagares
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788416366552



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siquiera voy a sacarlos de aquí, Agnes. Te prometo que serán unos minutos.

      —No es no, jovencita.

      —Media hora. Lo juro. —Esto hizo poner los ojos en blanco a la bibliotecaria que ya ni siquiera se molestó en contestarle—. Por favor, Agnes.

      Un suspiro exasperado salió de los labios de la mujer, que se volvió con enfado.

      —¿De verdad esto es tan importante para ti?

      —Lo es, créeme.

      Se esforzó en expresar con una mirada triste la envergadura de aquella necesidad.

      Agnes siempre había sentido debilidad por su pequeño ratón de biblioteca, como siempre la llamaba, y Juliette iba a explotar todos sus encantos.

      —Te doy diez minutos. Nada de trampas.

      El grito que dejó escapar la chica hizo que varios estudiantes le dedicasen miradas de desaprobación e incluso algún insulto. Algo avergonzada, murmuró una disculpa mientras Agnes contenía una carcajada. Sacó los planos del archivo y Juliette los sostuvo como si fuesen de cristal.

      —Cuídalos, ratoncito.

      —Je prends soin, tante Agnes.

      Sabía que con ese apelativo se la ganaría. Así conseguía acceder a la sección de terror cuando era pequeña.

      Sin dudarlo un instante, se dirigió a la sección de Historia, que limitaba con las de Biología y Religión, un rincón perfecto donde nadie solía adentrarse y en el que podría actuar lejos de cualquier mirada.

      Juntó dos mesas para desplegar ambos planos. El primero de ellos mostraba la red de alcantarillado y, aunque le sacó una foto por si acaso, lo descartó enseguida. Era el otro el que le interesaba: donde aparecían terrenos y calles al detalle. Fotografió a conciencia cada sección del plano. Le servirían para construir su propio puzle de la ciudad encajando las diversas imágenes.

      —¡Listo! Ahora sí puedo trabajar en condiciones —bromeó para sí misma.

      Antes de volver a enrollarlos, marcó mentalmente la localización de los incendios. Ventajas de poseer una memoria fotográfica. Al seguir el orden en que se produjeron, pudo advertir que el pirómano se aproximaba con cada acto hacia el centro de Elveside desde el oeste, algo que llamó su atención, pero no hizo saltar las alarmas en su cabeza. La policía también lo habría visto. También se fijó en el plan cultural del Ayuntamiento, con el que habían cambiado nombres a parques y plazas otorgándoles connotaciones literarias. Pero Elveside continuaba siendo la misma ratonera para delincuentes y tramposos.

      «Aunque la mona se vista de seda…», pensó.

      Observó, por la distancia entre los lugares calcinados, que el próximo golpe podría encontrarse en un par de calles del centro con edificios de la administración, aunque tampoco se le habría escapado a la policía. Aun así, pensaba hablar con Eriol aquella misma noche.

      El sonido de pasos contra el mármol se hizo eco por toda la biblioteca. El tiempo se había acabado para la fisgona. Retiró los materiales de la mesa para no recibir una reprimenda de Agnes Einberg, quien se asomó cuando se encontraba guardando el último de los planos.

      —¿Ya has acabado? Pensé que tendría que despegarte de ellos con una espátula —bromeó la mujer mayor.

      —Yo siempre cumplo mis promesas, tante Agnes.

      La anciana sonrió con cariño mientras comprobaba que estuviera todo en orden.

      —Ratoncito manipulador.

      Con un abrazo, le dio las gracias y se despidió de la bibliotecaria. Había quedado con su madre y la abuela Élise a tomar café con la promesa de un trozo de tarta Sacher.

      Salió del edificio risueña, como siempre. Al guardar la cámara en el bolso tropezó en las escaleras. Por suerte, alguien que entraba pudo sostenerla para no caer al suelo. Juliette no quiso mirar a su salvador. La vergüenza solo le permitió dar las gracias y seguir adelante. Si se hubiese detenido, habría presenciado la expresión de espanto que aquella persona le dirigía.

      The Green Garden era la cafetería favorita de Juliette. No si alguien buscaba un café fuerte, eso estaba claro. Sin embargo, era el lugar perfecto para charlar con tranquilidad. Las paredes de espejo del interior y las sofisticadas lámparas le otorgaban cierto aire parisino, pero donde residía la magia era sin lugar a duda en la terraza. Como el nombre indicaba, se trataba de un jardín donde abundaba la vegetación: una alfombra de verde grama, tan solo salpicada por un camino de piedras grisáceas que llevaban hasta un pequeño estanque con una graciosa cascada, lo cubría todo. Enredaderas colgaban de las paredes hasta el suelo y pequeños arbustos de flores azules y blancas ocupaban los rincones. Las mesas se distribuían sobre una plataforma desde donde apreciar el maravilloso jardín botánico interior y salvaguardadas por una barandilla de forja en forma de ramas y hojas.

      Sorteó a los clientes hasta que vio a su madre y a su abuela charlando en la mesa de siempre. El mundo era un lugar menos trágico cuando su abuela sonreía. Tenía ese porte orgulloso que la hacía admirarla, pero también una expresión cariñosa que reservaba para aquellos a quienes amaba. Se levantó para recibirla y ahí, rodeada de ese jardín de ensueño, le pareció estar frente a la misma reina Titania de Sueño de una noche de verano.

      El cálido abrazo borró las preocupaciones de la mente de Juliette.

      —Ça va, ma petite libellule? —preguntó una vez la dejó ir.

      —Très bien, mamie —sonrió al abrazar a su madre—. Hola, mamá.

      —Hola, cariño. ¿Tarde productiva?

      —Eso espero. —Había ocasiones en que tenía ese sexto sentido propio de las madres—. ¿Qué me ha delatado?

      —El pelo. Parece que no le hubieses cepillado en días.

      Tenía la costumbre de recogerse el pelo cuando trabajaba y soltarlo tan pronto como acababa.

      Mientras se ponían al día, Juliette no pudo evitar fijarse en el contraste entre ella y sus referentes consanguíneos. Tanto su madre como la abuela tenían unos ojos azules que tendían a violeta cuando les daba la luz. Aunque compartía la melena lisa de color chocolate repleta de suaves reflejos de un tono miel, ella había heredado los ojos marrones de su padre. Pero la diferencia más extrema era a la hora de vestir. Mientras que las mujeres a su lado se sentían cómodas con sendos vestidos y un cuidado maquillaje, Juliette no cambiaría unos vaqueros y un jersey por nada, sobre todo su jersey gris de amplio cuello vuelto. Deseaba tener fuerzas para acicalarse como su madre por las mañanas, algo que no iba a ocurrir jamás.

      —¿En qué estás trabajando ahora?

      Su madre, adicta a las series policíacas, siempre aprovechaba para conocer un poco más de su trabajo. Antes de empezar a colaborar con la policía tuvo que sentarse a su lado tarde tras tarde para empaparse de Ley y orden que, según su madre, era de obligado visionado para estar correctamente preparada.

      —Estoy liada con el extraño caso del pirómano de Elveside.

      —Oh, cuenta, cuenta.

      Rachel Libston no pensaba perder aquella oportunidad. Juliette era consciente de que su habitual insana curiosidad le venía de ella.

      —No puedo decir nada, mamá. Ya sabes que trabajo con información clasificada y a ti te encanta cotillear.

      —¡Eso no es cierto! —su madre hizo un mohín—. ¿A que no, mamá?

      —En esta ocasión estoy con mi nieta.

      —Para variar —susurró al cruzar los brazos.

      La charla continuó durante el café y los bollos. El aroma a moca y el perfume que emanaba del jardín era lo que hacía de The Green Garden un lugar único. Aunque