Название | Las lecciones de la poesía |
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Автор произведения | Pedro Lastra |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9789563249293 |
Otra antología ha sido publicada por la editorial Andrés Bello, y en ella se mezcla a escritores como José Donoso con simples ciudadanos como Enrique Campos Menéndez y Mariana Callejas, a la vez que no figura Claudio Giaconi: un descriterio total. Esta pérdida de rigor y de exigencia mínima lo ha contaminado todo. No, lamentablemente, lo repito, el diccionario de Szmulewicz no es una excepción, sino que forma parte de un sistema: el sistema del deterioro.
—Peter G. Earle ha publicado en Taurus —en una colección que está bajo la dirección general de Ricardo Gullón, en la que tú mismo has colaborado con una edición sobre Cortázar— un conjunto de estudios sobre García Márquez en que se seleccionan varios artículos de 9 asedios a García Márquez, que publicara la Editorial Universitaria de Chile en la época en que tú dirigías Letras de América. ¿Podrías hablarnos un poco sobre tu trabajo de editor de esta colección que alcanzó un gran prestigio por su seriedad académica?
—Esta es una época que recuerdo con mucha nostalgia, porque fue un periodo de gran productividad.
Yo empecé a trabajar como asesor literario de la Editorial Universitaria en 1966 junto a Eduardo Castro y Carlos Orellana, e iniciamos entonces una serie llamada Cormorán, que estaría destinada a libros económicos, pero cuidadosamente seleccionados y presentados. Entre las colecciones de esta serie yo me hice cargo hasta 1973 de Letras de América, donde aparecieron cincuenta y tres títulos. Paralelamente a Cormorán había otras series destinadas más bien al mundo académico, entre ellas la colección de Teoría literaria en que se publicaron traducciones como La corriente de la conciencia en la novela moderna de Robert Humphrey, La poética del decadentismo de Walter Binni, Las formas simples de André Jolles y La estructura de la novela de Edwin Muir. Otros textos importantes de esta colección fueron La partida inconclusa de Alberto Escobar y La novela chilena de Cedomil Goic. Por su libro, Escobar recibió un Premio Nacional de Educación en el Perú. En Cormorán se siguieron editando algunos títulos, pero desde 1983 se han cambiado los formatos y el sello Cormorán ha desaparecido.
—Tu mención de Alberto Escobar me ha hecho recordar la gran amistad que tienes con críticos y escritores peruanos que, me atrevería a decir, es mucho más intensa que la que mantienes con chilenos. Prueba de este aprecio es, por ejemplo, tu designación como Profesor Honorario de la Universidad de San Marcos en 1973, honor que compartes con un grupo muy selecto de intelectuales hispanoamericanos. ¿Cómo es que lograste establecer esta amistad tan especial con los peruanos?
—Esta relación tiene un origen y este es José María Arguedas, de quien me hice muy amigo cuando participaba en el encuentro de escritores hispanoamericanos que Gonzalo Rojas organizó en la Universidad de Concepción en 1962. Cuando José María fue nombrado Director de la Casa de la Cultura me extendió una invitación para viajar al Perú en noviembre de 1964. Permanecí allí por dos meses, en los que viví en un museo de arte popular, propiedad de la cuñada de José María, Alicia Bustamante Vernal. Durante este tiempo pasé mis noches rodeado de una colección de cerámicas en lo que era la más importante colección de artesanía popular.
Tan pronto llegué a Lima, José María me presentó a sus amigos, entre ellos Alberto Escobar, Carlos Germán Belli, Washington Delgado, Jorge Puccinelli y muchos más, con los que sostuve largas y fructíferas conversaciones. A otros peruanos los encontré después. A Antonio Cornejo Polar, por ejemplo, lo conocí cuando ocurrió el suicidio de José María. Apenas supe esa noticia, viajé al Perú. Todos sus amigos se reunieron, y allí estaba Antonio quien dirigía en ese tiempo la Casa de la Cultura.
Al grupo Ruray me liga una reciente amistad: todos los poetas de este grupo son muy jóvenes. Mantengo una relación muy cercana con Edgar O’Hara que vino como becario Fulbright a Stony Brook en 1978. En esa época yo estaba trabajando con Enrique Lihn en las Conversaciones. En el prólogo a Siete poetas chilenos, O’Hara hace mención de esas horas que Lihn, él y yo pasamos en Stony Brook. Este espacio peruano significa, pues, mucho para mí.
—En uno de estos días grabarás en la Biblioteca del Congreso —donde se han registrado las voces de poetas chilenos como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Gonzalo Rojas y muchos otros— una selección de tus poemas. De esta selección, ¿cuáles serían los poemas que tú colocarías primero en una lista de preferencias?
—Creo que según mi estado de ánimo cada vez elegiría poemas distintos. Hoy podría seleccionar aquellos en los que, me parece, he logrado configurar una cierta experiencia, una imagen o situación. Uno de ellos sería «Ya hablaremos de nuestra juventud», que fue publicado primero en 1969 en Y éramos inmortales y después, en 1979, en Noticias del extranjero. Otro poema que registraría en este momento es «Caperucita 1975». Podría haber un tercero: «Espacios de Alvar Núñez», incluido en Cuaderno de la doble vida, que acaba de aparecer en Chile con un prólogo de Enrique Lihn y que contiene una selección de veintiocho poemas de Noticias del extranjero y dos nuevos poemas, el de Alvar Núñez y otro intitulado «Duermevela». La nota con que Lihn presenta el libro tiene como título el verso final del poema, una frase textual que aparece en Naufragios: «una sonaja de oro entre las redes».
En el poema no hay nada que no esté en el texto de Alvar Núñez que refiere su llegada a una población abandonada por los indios. Lo que a mí me movió a disponerlo de esta manera fue sorprender, de pronto, que la frase «una sonaja de oro entre las redes» era un perfecto endecasílabo. Al examinar más aún el fraseo me di cuenta de que con mínimos cortes y redisposiciones podía proponer una imagen de Alvar Núñez llegando a la aldea. En verdad no he cambiado nada. Este es un poema escrito por Alvar Núñez y que yo ahora simplemente estoy dando a conocer.
—Este es un ejemplo de esos constantes reflejos intertextuales que se pueden apreciar en muchos de tus poemas y me recuerda el modo en que Hernán Lavín Cerda, otro poeta chileno ahora en México, define la escritura. Dice Lavín Cerda: «Yo entiendo…la escritura como una infinita red de intertextualidad. Nuestros textos, todos los textos del mundo establecen coordenadas y dialogan entre sí». ¿Podrías tú ahondar más en este concepto y el modo de cómo lo asumes en tu labor de poeta y de crítico?
—La formulación de Hernán resume bien las ideas que la crítica, especialmente a partir de Kristeva y Sollers, ha elaborado en torno a esta noción. Este es un concepto que yo no solo he aplicado sino que, más aún, constituye un presupuesto de mi trabajo. En verdad, si yo tuviera que reunir mis notas críticas —las que salvo del derrumbe— lo haría al amparo de esta noción. Por ejemplo, cuando escribí esa nota «La tragedia como fundamento estructural de La hojarasca», aunque no conocía la noción de intertextualidad está allí presente como práctica. En ese momento yo trabajaba más cerca de la noción de fuente, pero ya con la sospecha de que esta noción era limitada e insuficiente, que se circunscribía a ser el registro o el eco de un texto en otro, sin atender a una puntualización fundamental de Sollers, quien sostiene que el nuevo texto vale en la medida en que él se establece como una diferencia y que la noción de intertextualidad es mucho más vasta que la remisión de un texto a otro, más bien una red infinita, lo cual nos lleva ineludiblemente a la conclusión de que todo es texto, a la amplia noción del «mundo como texto». Otro de mis artículos, «Un caso de elaboración narrativa de experiencias concretas en La ciudad y los perros», también se sustenta en el concepto de intertextualidad.
—¿Cuál