Las lecciones de la poesía. Pedro Lastra

Читать онлайн.
Название Las lecciones de la poesía
Автор произведения Pedro Lastra
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9789563249293



Скачать книгу

eso sí, por anotar esta facilidad que ofrece el apotegma cervantino: «las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos». Puede que uno alimente la esperanza, tantas veces ilusoria, de adquirir la discreción al precio de sus peregrinaciones, sobre todo cuando ellas solucionan —se diría que en forma estable— las necesidades que ellas mismas crean. Mi primer contrato en los Estados Unidos me permitía iniciar la compra de una casa como esta, lo que mis trabajos en Chile hacía inalcanzable.

       —Yo pago por esta casa más de un tercio de mi sueldo, y nunca podré iniciar la compra de una casa en Chile a menos que me vaya a vivir al extranjero.

      —Ya se ve que el intelectual latinoamericano reside en la paradoja, que empieza por la casa que no tiene y que solo puede adquirir «in absentia»; pasa por las bibliotecas nacionales, que nunca están completas sino en otra parte (tú recordarás que pudiste terminar tu propio curriculum en la biblioteca de Stony Brook, que no es de las mejor provistas de los Estados Unidos); sigue en lo que se refiere a las publicaciones, congresos y diálogos, a veces muy germinativos: el sexagésimo aniversario de la impresión de dos libros importantes del poeta chileno Vicente Huidobro —y trigésimo aniversario de su muerte— fue celebrado en Chicago. La edición de los varios trabajos que se leyeron entonces también ocurrió allá, y solo unos pocos lectores de aquí tendrán oportunidad de leer algo que les concierne harto más que a los norteamericanos. Bueno, pero como para mí lo que importa es la averiguación de lo latinoamericano parece que no tengo más remedio que estar fuera de Latinoamérica. Es lamentable que sea así, porque nadie debería abandonar su país o el espacio mayor de su cultura si estos le ofrecieran la opción de encontrarse realmente con ellos, in situ. En ese sentido, es evidente que el tiempo pasado fue mejor: el de Andrés Bello, por ejemplo, cuyo discurso de instalación de la Universidad de Chile yo releo ahora como una pieza de ciencia ficción o de la literatura de Utopía. Del mismo modo suelo recordar el decreto llamado de «libre comercio» de 1811, que declaraba exentos de derechos «los libros, […] las imprentas, los instrumentos y máquinas de física y matemáticas». En esa época, en la que haber nacido en otro país latinoamericano no era motivo de rechazo para los vecinos, tal vez yo me hubiera resistido a la mera idea de exilio, por muy voluntario que este sea. Hasta los exilios del siglo XIX —los que determinaba la barbarie denunciada por Sarmiento— acaso pudieron verse como cambios de habitación en una misma casa, en la que siempre hubo algún quehacer de interés para el peregrino. Y esto se ilustra inmejorablemente con el caso del mismo Sarmiento; pero estos de ahora tienen otro signo: incluyen un borrador junto con la despedida

       —A pesar de todo lo que dices, ¿hasta qué punto el exilio —voluntario en tu caso, anterior y totalmente distinto al que emprendieron otros chilenos el 73— no es un trasplante que afecte de algún modo la percepción de lo real y el sentido de una obra? Personalmente, creo que hay algo de casual en el hecho de irse o de quedarse, pero esta no decisión puede tomar en el desarrollo de una obra un carácter de finalidad, en la medida en que, por ominosa que sea —o por eso mismo— la situación se inscribe en la obra y viceversa. ¿Puede ocurrir lo mismo en un país del que no se forma parte y donde uno gira en el círculo del transtierro?

      —París, situación irregular, es el título de uno de tus últimos libros. Yo debería haber titulado el mío de manera parecida, cambiando lo que hay que cambiar porque mi afuera no es el afuera del tránsito. Doble irregularidad entonces, que instaura en uno la sensación paradójica de ser un sedentario-nómade. Pero yo trabajo allí en un departamento de español en el cual existe un clima de profesionalismo jerarquizado en virtud de méritos efectivos, y en el que mi jefe es nada menos que Elias Rivers, que ocupa ese sitio después de una larga y muy solvente trayectoria académica. Esta parte tan estimable de la cuestión genera sin embargo un desasosiego, cuando esa realidad es proyectada sobre el deseo, trasponiendo esas suficiencias a estas carencias.

      Un desajuste de otra naturaleza surge del hecho de que yo enseño literatura hispanoamericana en un medio en el que esa materia no siempre puede ser asumida por todos mis interlocutores como cultura del reconocimiento, aunque sea para todos motivo de un buen aprendizaje erudito. Estos desasosiegos se inscriben inevitablemente en todo lo que uno hace. No sabría precisarlo con respecto a mis escritos poéticos, pero siento sus efectos en otros planos. Por ejemplo (y ahora mismo) no es ajeno a esto que mi percepción de lo que se suele llamar la realidad nacional sea cada día menos complaciente y más sensible a los deterioros de la palabra en el discurso cotidiano de mis compatriotas. Me recuerda demasiado la «neohabla» de Oceanía en 1984 de George Orwell: «La guerra es paz»; «la escasez es abundancia», etc. O la perversión de los principios en su granja famosa: «Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros».

       —¿Lees los periódicos; eres televidente?

      —El mínimum indispensable como para corroborar lo anterior. Así es como me he enterado de la flexibilidad desorbitada de ciertos conceptos y palabras, de los que se abusa sin el menor sentido del ridículo: jugadas históricas en el estadio Santa Laura; goles trascendentales; memorables inauguraciones de quioscos, etc., etc. Pero yo soy lector de libros, no de diarios; los sucesos notables son realmente muy pocos y no ocurren todos los días, ni siquiera todos los años. Creer y aceptar lo contrario, como dice Borges, es una superstición.

      —Como lo diría El Mercurio, mi lectura cotidiana y mi papel de envolver: «La elasticidad de las palabras tiene un límite y pretender que la sola resolución anterior no violenta el principio que se dice mantener incólume, es un rasgo de humor negro».

      —El Mercurio dice lo que hace. Tal vez debería leerlo; pero de ese peligro me salva el exilio.

       —Tú fuiste asesor literario de la Editorial Universitaria, desde 1966 hasta 1973, e hiciste publicar muy buenos libros hispanoamericanos en la colección «Letras de América». ¿Qué sabes del libro en Chile, ahora?

      —Sé que padece un impuesto leonino, que no existía en 1811. Nascimento continúa su antigua tradición, artesanal y solitaria; pero es una golondrina que no hace el verano del libro. En lo demás, mucha papelería oficiosa y una respuesta crítica que con escasas y esporádicas excepciones se sitúa a la misma altura. He visto una sección —sin duda redactada por irresponsables— que se llama algo así como «Mesón Literario», y que contamina con un tufillo de cocinería todo el «espacio cultural». En poco tiempo más tendremos que recurrir otra vez al silabario Matte.

       —Sin ser optimista, creo que el pesimismo es un texto que brota de los resquicios de las papelerías oficiosas. ¿No crees tú en esa posibilidad?

      —Sí, es una buena posibilidad, que empieza por ser escritura latente. Cuando se manifieste dará cuenta de la situación.

       —Es como si viraras un viejo traje de etiqueta, develando la impronta de un cuerpo contrahecho entre los costurones y los parches.

      —La imagen que no se quiere ver, pero cuya verdad habrá que asumir alguna vez.

      —Por último, si tú también partieras a la búsqueda del tiempo perdido, ¿te encontrarías en el camino con los Estados Unidos?

      —Por cierto. Tendría que hacer varios reconocimientos: en ese país he vivido una larga estación en lo que quiero entender como proceso de integración del sujeto que uno desearía ser, como posibilidad y como conducta. Dentro de ese proceso he descubierto —por lo mismo que soy un extranjero— las bondades del robinsonismo y la claustrofilia: he desarrollado en efecto un gran amor por el encierro. Hay otras cosas: la increíble comprobación de ser estimado por mi trabajo en un medio donde ser profesor y escritor es un mérito (y no solo para los universitarios) en lugar de ser un estigma. Si me exiliara en Chile echaría también mucho de menos la relación respetuosa y abierta con el prójimo que allí se practica. Seguiría visitando además, en sueños, museos y bibliotecas: tratando de avanzar por la espiral del Guggenheim o de leer alguna página de un raro libro en la biblioteca de Harvard.

      Santiago de Chile, julio de 1979*

      Algunas