Melog. Guille Blanc

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Название Melog
Автор произведения Guille Blanc
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788419092564



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humor de Daniel se ensombreció en un segundo, como si las nubes negras que ya cercaban el pueblo acabaran de arracimarse sobre su cabeza. Le quedaba una gota divertida, la última baza, y prefirió no arruinar el día.

      —Seamos sensatos, Colin. Usted es judío, ya ha pecado trabajando. Y la sopa y los panecillos los hice ayer, de manera que son kosher. Elija, dos pecados o uno. Le recuerdo que ofender a quien le ofrece hospitalidad también es pecado. Sumaría usted tres.

      —Tiene razón en eso, vecino. Perdone, no quería ser grosero.

      —Ahí está el lavabo. Pase, quítese el polvo y almorcemos.

      No hablaron de nada más que del tiempo, la lluvia y la prisa por acabar el trabajo, la salud y ciertas críticas menores hacia el alcalde. Bastante antes de anochecer Daniel se despidió dejándole un juego de llaves.

      —Póngalas luego en la maceta, por favor. Supongo que mañana vendrá temprano y yo tengo una fiesta de profesores de esas de las que te levantas tarde y con resaca.

      Colin lo vio salir. También vio salir volando un montón de cascotes, una nube de polvo de ceniza y una catarata de viejos ladrillos, cuando estaba a punto de rematar la limpieza de la chimenea oculta tras muchas capas de yeso. El polvo color ocre llenó la buhardilla, se le metió en la garganta e hizo que maldijera. Medio día perdido. El hueco estaba negro de hollín y cenizas compactas, húmedo igual que una turbera; hasta goteaba, porque las primeras lluvias debían haberse filtrado no solo desde arriba, sino a través del grueso muro. Maldita mil veces la obra del siglo XIX; todo arreglado con escayola y pintura de colores pastel. Empezó a retirar ladrillos uno a uno. Rojos, traídos de lejos, buena manufactura, materiales caros. Entre los cascotes y las placas de hollín había una jarra de barro. Con la tapa rota. Pensó deprisa. Una jarra ritual, seguro.Todo el mundo hablaba del viejo, el abuelo de su patrón. Y de su patrón, un hombre cabal si no le acercabas una cerilla. Miró mejor. Una maldita jarra, no un tesoro. Apartó la tapa rota y metió la mano enguantada: cenizas. Lo normal, en semejante agujero. Al aparcar se había fijado en el jardín, removido para dejar descansar la tierra y empaparse de lluvias en otoño, muy sensato. Lo limpió todo, metió en sacos los escombros y, antes de cerrar bien la puerta y dejar las llaves en la maceta, enterró la jarra rota junto al acebo del jardín. Ni se notaba. Mejor así.

      Encontró las llaves sin problema, cerró la puerta tranquilamente, igual que sin titubeos había pagado al taxista tras despedirse de él y empujar con cuidado la verja. Se obligó a repetir que no había nada encendido, nada de qué preocuparse, nada que revisar.

      Lo había pasado bien. Discursos breves, complicidad de años trabajando juntos, una larga familia dada a la música, los aplausos y el vodka en vasitos helados. Excelente cocinera la esposa del anfitrión. Gran conversadora, detallista, culta, amable sin resultar metomentodo, divertida. Muy guapa aún, con aire de matrona nada venerable, capaz de bailar hasta dejar sin aliento a la reunión y a cada uno de los que sacaba con una sonrisa muy seria y unos pies aplomados. Pasaba larga la medianoche cuando subió al taxi, de excelente humor. Y ahora bebía agua sentado en el cómodo sofá del salón, desenrollando una manta de viaje. Mejor el sofá que la escalera hasta la planta de arriba y su dormitorio. Colin lo encontraría vestido, descalzo y, tal vez, roncando. ¿Y? Se arrebujó buscando postura.

      Lo sacudió suavemente. Parecía divertido.

      —He traído café de casa. Caliente. Y tarta de manzana. Buenos días, doctor Herzog.

      Aceptó el café y el desayuno mientras el hombre le informaba de que iba a meter lana de roca como aislante de humedades antes de rehacer el zócalo de placa de piedra y enlucirlo todo.

      —Supongo que no querrá pintura color pastel, ni papel pintado o esas cosas viejas. Vamos, imagino que no.

      —No, Colin. Pintura a pistola, blanca. Creo que contrastará con la piedra oscura y la madera de las vigas. La buhardilla es ahora de mi hijo, le ha dado un aire muy sencillo.

      —Mejor. Mañana podré pintar si no llueve. En veinticuatro horas estará seco. Hoy la lana me llevará el día, eso y reponer el zócalo. Voy a empezar ya.

      —Gracias por el café y el pastel.

      —Una cosa… —Johnson, a su pesar, no podía eliminar todos sus escrúpulos de conciencia—. El muro casi se vino abajo al picarlo, encontré una mezuzah. La tengo envuelta en papel, por si usted la quiere. No me hago idea de cómo acabó en el agujero de la chimenea, se supone que debía estar en la jamba de alguna puerta. Pero no es asunto mío, claro.

      —Muchas gracias. —A Daniel le duraba aún el buen humor—. Estaré encantado de conservarla, sin duda la puso mi abuelo. Yo era un niño entonces, tampoco sé cómo acabó en... ¿Una chimenea?

      —Había una. Todo lleno de hollín y humedades. Hoy lo rellenaré con lana de roca y se acabó el problema. Las casas viejas son así; la gente pasaba frío y ponía estufas o chimeneas con malos tiros, a veces hasta enfermaban por el humo. Eso ya no va a pasar.

      —Sin duda.

      —Tranquilo, nada de chimeneas. Son poco seguras.

      No lo tomó como algo personal. Se dio una larga ducha, eligió ropa y calzado cómodo y salió a pasear aprovechando el sol oblicuo. Un día sin viento ni nubes. Vio salir a sus vecinos de las diferentes iglesias cristianas, con aire de domingo. Más tarde, coincidió con Jason Müller, el cartero. Acabaron tomando una pinta y hablando de menudencias. Y aún más tarde, el sol, ya bajo en el arco del cielo, le indicó el camino a casa. No iba a cocinar. Otra parada para hacerse con pastel de carne e (inusualmente) más cerveza. Nada raro, entre sus vecinos, en domingo. Verían el partido en la televisión. Él, no. Las llaves seguían en la maceta. Revisó asuntos pendientes hasta que fue noche cerrada. Ni tan siquiera le sobresalto el teléfono. Henry lo estaba pasando bien y no volvería hasta el miércoles. Que disfrute, pensó. Saltarse dos días de clase carece de importancia. En Providence también llovía. La buhardilla estaba quedando espectacular, sí. Y se había puesto un poco fino de más en la fiesta, todo vodka del bueno. En taxi, claro que volvió en taxi. Colgó, buscó entre las cintas de video, y cenó pastel frío de carne con cerveza viendo Alexander Nevski sin subtítulos. El silencio de la casa casi lo arrullaba. Hacía años que no pasaba una velada tan pacífica. Tal vez nadie sabe del todo lo que es la felicidad, pero eso se le parecía mucho.

      Rachel Johnson era una mujer sensata, aplomada, siempre segura de sí misma. No perdió el tiempo cuando, a la tenue luz de las farolas de la avenida, vio a su marido caminando con los ojos abiertos, hablando entre dientes, con el terror grabado en el rostro mientras seguía dormido. Rápida y de puntillas cerró la puerta de la habitación de las niñas, regresó al dormitorio cerrando también a sus espaldas y encendió la luz del baño antes de acercarse al hombre.

      —Colin, cariño —le susurró suavemente, sin perder de vista sus manos—, vuelve a la cama. Solo es una pesadilla, Colin. Un mal sueño. Estás en casa, con tus hijas y conmigo. Estás a salvo.

      Se despertó gritando, con aquella expresión de horror irracional que Rachel no recordaba desde años atrás. Síndrome del veterano, estrés postraumático. Se le había ido pasando. Tenía mucho trabajo diario, un grupo de apoyo, sus tres niñas y a ella. Ahora parpadeaba, sudoroso y jadeante. Rachel frunció el ceño. No se parecía a lo que ella recordaba tan bien. Esta vez la había reconocido a la primera, sin lagunas.Tan solo parecía aterrorizado, como un niño en mitad de una tormenta. Le sonrió.

      —¿Quieres que nos demos una ducha juntos? Sobrará tiempo para un desayuno tranquilo, incluso para que los dos lleguemos temprano al trabajo.

      —Tal vez no sobre tanto. —Colin le devolvió la sonrisa.

      Una nueva vida

      Praga, siglo XIX.

      Un mes después se casaron y pasaron su luna de miel visitando a sus familiares en Marsella y a sus amigos en Paris. A su regreso la casa estaba lista. Sus familias les dieron la bienvenida. La pareja estaba exultante y deseando comenzar su nueva vida.

      La