Melog. Guille Blanc

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Название Melog
Автор произведения Guille Blanc
Жанр Языкознание
Серия
Издательство Языкознание
Год выпуска 0
isbn 9788419092564



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mi esposo y compañero, Barak

      —Pensé que no me lo ibas a pedir nunca.

      Providence, Rhode Island, ahora. Remover el pasado.

      —Nunca hemos hablado de eso, doctor Herzog —La psicóloga levantó una ceja—. Creo que se esfuerza usted mucho, si se trata de un sueño.

      —Entre el sueño y la vigilia —puntualizó Daniel—. Era el cumpleaños de mi hijo, se lo he contado.

      —Por supuesto. Y bebió usted cerveza.

      —Por supuesto.

      —Hizo bien; una cena, una celebración, una cerveza. Usted no necesita medicación, no estoy atacándole.

      —Ahora no. Creo.

      —Cuénteme. Es importante lo que usted recuerda, sea cierto o no. Hace muchos años dijeron que hubo un cortocircuito, eso no lo sabemos. Hubo un incendio. Usted tenía seis años. Eso es real. Su madre estaba enferma, también es real, y usted vivía asustado. Su padre era un hombre muy ocupado, su abuelo era rabino. Pero no es practicante.

      —No.

      —¿Por alguna razón que no hayamos comentado?

      —Las hemos comentado todas. En cuanto a mi hijo, preferí dejar que eligiera en su día una fe u otras opciones.

      —Muy sensato por su parte.Tras celebrar el cumpleaños, y le felicito por haber cocinado al horno, usted se retiró a descansar y tuvo un sueño ligero.

      —Una pesadilla entre el sueño y la vigilia.

      —Un sueño ligero. —Le sonrió—. ¿Puede contarlo ahora?

      La buhardilla era el santuario de su abuelo Salomón, el rabino. Desde que murió la abuela se había vuelto raro. Colocó un ladrillo desnudo en el muro y luego otro con una mezuzah. Se dejó crecer el cabello, la barba blanca y los tirabuzones. Olvidó el inglés. Solo comía lo que le servía su hija, tras hacer que jurara que era kosher. Su hija era mamá y en voz baja les comentaba que el abuelito estaba viejo y triste, mejor no hacerlo enfadar, a nadie molestaba en su buhardilla.

      —¿A nadie molestaba, doctor Herzog?

      La voz medida de la psicóloga le crispó los nervios. Pero estaba habituado. Suspiró largamente antes de responder.

      —A mí, no.A los niños les gusta tener secretos y hablar lenguas raras, me divertía. Hasta que vinieron todos: el juez, el sheriff, la policía, y se lo llevaron.A un sanatorio mental.Ya lo hemos hablado.

      —¿Por homicidio?

      —Vamos, doctora, no haga juegos tontos. Nunca me falla la memoria. Profanación de un cementerio. Mi abuelo nunca mató a nadie.

      —Se suicidó.

      —Nunca mató a nadie.Y sí, le dejaron las filacterias, entonces esas cosas no se revisaban. Se suicidó.

      —Y usted tuvo un sueño ligero con su abuelo.

      —De ninguna manera. Tuve un sueño ligero con rabí Judá Loew de Praga, según lo contaba mi abuelo. Un cuento de Halloween, para que se haga usted una idea.

      —Y en su sueño no hubo un cortocircuito.

      —Claro que no. No eran muy normales esas cosas en el siglo XVI, doctora. En mi sueño había fuego y mi madre subía la escalera y ardía en él. Bastante razonable.

      —Sin la menor duda.

      —No crea. En ese sueño, mi madre ya estaba muerta.Y acaban de pasar los cincuenta minutos de la terapia.

      —Si hubiera vivido usted en el siglo XIX, doctor Herzog, sus novelas por entregas arrasarían.

      —Ya ve usted qué mala suerte.

      —Lo espero con impaciencia el martes.

      —Creo que tengo otro cumpleaños el sábado, un respetado colega. Origen ruso. Lo mismo el vodka le añade matices a mis pesadillas.

      —Doctor Herzog. —Se volvió hacia ella, ajustándose el sombrero—. Sufrió usted un trauma, nada más. Está igual de cuerdo que cualquiera, merece respeto, y ha sido un buen padre. Intente recordar eso.

      —Lo recuerdo cada día, doctora. Gracias.

      Un otoño tardío con largas luces doradas, atardeceres ardiendo sobre hojas de cobre y plata, las últimas bocanadas de aire cálido batiéndose a muerte contra la proa azul del invierno. Y noches asomado a los tragaluces de la buhardilla, noches de luna salvaje seguida de estrellas sobre la niebla gris que repta a ras de suelo tratando de anegar la tierra. Las noches que se recuerdan una vida entera, perdiendo la mirada hacia el oeste, soñando los sueños que otros escribieron. Henry disfrutaba su incipiente madurez. Daniel podía controlar el pánico. La señora Sánchez cantaba cada mañana una copla nueva.

      La humedad empezaba a pasarle factura a la buhardilla, al menos a la parte recubierta de yeso pintado. Oyó a su padre cambiando ropa ligera por la de invierno y gritó desde arriba:

      —John Weiss me ha invitado a pasar el fin de semana en Providence.

      —Bien. ¿Necesitarás ropa de abrigo?

      —Ya lo haré yo. Por cierto, hay humedad en la pared, se ha caído un ladrillo… ¿Se supone que lo tiro o hay que hacer algo especial con él? ¿Es importante?

      —¿Un ladrillo o una piedra?

      —Pues… —sopló— una piedra. Tienes razón. Una piedra vulgar, más o menos como un ladrillo.

      Nunca hubiera imaginado ver asomar la cabeza de su padre por la trampilla, sin que titubeara en la escalera. Sin apresurarse. Sin el tic nervioso que a veces le fruncía el ceño. Subió, se sacudió el polvo de las manos, olfateó el evidente olor a humedades y miró sus ojos de frente.

      —Creo que voy a llamar a Johnson, que es un trabajador serio, antes de que llegue el invierno y te gotee la habitación. Perfecto que pases tres días fuera, es un tipo eficiente. A ver esa piedra, Henry.

      —Mira.

      —Ya. Una costumbre piadosa, poner una piedra desnuda en el muro para recordar siempre Jerusalén y el exilio o la diáspora.

      —¿Hay que hacer algo con ella?

      —Vas al lugar correcto, el padre de tu amigo Weiss es un erudito razonable en mitos judíos. Mucho mejor que yo, más distanciado. Pregúntale. Llévate la piedra si quieres mostrársela. Voy a llamar a Johnson, creo que va a llover en serio pronto. Y mete un chubasquero en la mochila, ya sabes cómo es Providence.

      —¿Estarás bien?

      —Si te asusta el fuego, que llueva a cántaros tranquiliza bastante ¿No crees? —Sonrió—. El sábado tengo un día completo de fiesta, volveré en taxi porque me temo que habré bebido algo de más. No pasa nada, Henry. Johnson trabajará aquí el fin de semana, por si el domingo, además de tener resaca, estoy nervioso. Vete tranquilo. Y si eso te hace sentir mejor, llámame.

      Colin Johnson, recto como una larga vara, solían decir. Siempre trabajando, en el condado o más allá, precedido por esa fama de boca a oído que jamás resulta vana.Aparcó su furgoneta, aceptó un café y subió a la buhardilla con claras instrucciones. Bajó media hora más tarde, sacó su libreta y escribió un presupuesto minucioso. Daniel lo leyó. Hicieron el trato con un apretón de manos dejando claro que, como los tiempos son así, aparte de la palabra dada, Colin necesitaría una factura tras acabar y concluirlo todo. Asintió. Los tiempos son así.

      A eso de mediodía empezaba a hacer frío. Daniel había decidido qué atuendo sería adecuado en un cumpleaños de los que conllevan muchos discursos e innumerables brindis. Hasta había envuelto su regalo de cortesía, se estaba divirtiendo privadamente. Oyó toser a Johnson, miró la hora y se asomó al inicio de la escalera que trepaba a la buhardilla.

      —Vecino, hora de almorzar. Hay sopa y panecillos, ¿le apetece?