Название | Lo que aprendí del Mar |
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Автор произведения | Mario Miret Lucio |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9788418759420 |
Hace poco he visto a una señora dar de comer a los gatos callejeros cerca de un edificio abandonado con forma de esqueleto y de repente el mundo me ha parecido un lugar mejor. Me he acercado a ella y le he dicho si la podía ayudar.
—No lo sé, chico, hay covid y no será bueno que nos aproximemos tanto.
—Entonces, al menos, déjeme que me siente y me quede mirándola.
—Será un placer —vuelve a decirme—, eso es exactamente lo que hacía mi difunto marido, ¡qué recuerdos más bonitos!
Y ahora vengo de estar sentado en un banco valorando los pequeños momentos que hacen de la vida un lugar maravilloso. A mí me ha dejado la Chica de los tirabuzones, a Carlos le han partido el corazón, los gatos ya no tienen hambre y, aunque me entren ganas de mandarlo todo a la mierda, hoy una señora ha vuelto a recordar lo feliz que le hacía su marido.
11
Debo aprender a vivir sin ella. Como se aprende a vivir sin padres. Como se aprende a madurar a la fuerza. Crecer es aprender a despedirse y nosotros ya llevábamos demasiadas despedidas. Nos dijimos adiós tantas veces que duele pensar que ahora es para siempre. Yo, que nunca creí en los para siempre hasta que la conocí. Yo, que nunca creí en el amor hasta que lo viví.
Me ha dicho que debemos asimilar que ya no estamos juntos. Como si fuera tan fácil acostumbrarse a no verla. Como si no nos estuvieran obligando a hacer algo que realmente no queremos. Siento que estoy en una jaula y que grito y muevo los barrotes y nadie hace nada por escucharme. El desamor es un salto al vacío en el que al final no sabes si prefieres quedarte flotando en el limbo o estamparte por fin contra tus recuerdos.
No dudo de que la vida pueda seguir siendo igual de bonita sin ella, sobre todo, porque ahora soy mejor persona y cada momento ha valido la pena. Debo aprender a vivir así, lo sé, me lo repito una y otra vez mientras riego con lágrimas las fotografías de aquellas tardes radiantes en la playa. Los días siguen pasando y su voz me sigue despertando a medianoche. Un relámpago me ablanda el corazón allí donde la soledad no se acostumbra a olvidar al amor de la vida.
Pero he de aprender a caminar de nuevo como el recién nacido que ya no quiere gatear más. No hay mucho tiempo que perder, y menos ahora, que tengo una jaula que romper y un paracaídas que comprarme.
12
Cuando era pequeño jugaba con una pelota que, al caer al suelo, hacía sonar su goma en una especie de boing boing tan divertido que me pasaba horas y horas botándola. Años después la perdí y estuve todo un verano jugando con otra que no emitía ningún tipo de ruido y no me producía tanta satisfacción. Cuento esto porque gracias a esas pelotas comprendí, hace años, la diferencia entre follar y hacer el amor, y creo que la gente que conoce sus distinciones ha corrido una suerte formidable.
Cuando la madre de Carlos murió fuimos a emborracharnos. Al día siguiente lo pasamos muy mal en el entierro y, al volver a casa, le dije a la Chica de los tirabuzones que la quería más que a nadie:
—No quiero que te pase nunca nada, ¿me oyes? No me separaré de ti en la vida.
Vestía con camisa de luto y ella me la quitó. Mi cuerpo estaba pálido como un tallo marchito y ella me dijo que me seguía viendo el hombre más atractivo del mundo. Hicimos el amor y no nos acostamos. Yo solo quería que me curara las heridas de la muerte cercana y besó mi cuerpo como si fuera el mejor de los antídotos.
Cuanta más paz hay después de follar, más grande ha sido el polvo. Pero no siempre follar implica tal empoderamiento sexual, sino que en aquel instante hacíamos el amor como la gente enamorada: con el corazón en la garganta. Me fui quedando dormido entre su pecho y al sentir el sonido de sus latidos volví a escuchar la pelota de goma que hacía boing boing cuando tenía cinco años. Puse mi mano en mi corazón y noté la misma melodía al encontrarme el pulso. Me reí y le contagié la risa, aunque ella no entendía nada.
Ahora que he vuelto a perder mi pelota de juguete, voy arrimando mi oreja al pecho de la gente. Ya no estoy triste como cuando era un niño, sé que el boing boing volverá. Solo que lo echo tanto de menos...
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