Название | Mi nombre es Lucía Joyce |
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Автор произведения | Sofia Buzali |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9786077884057 |
Psiquiátrico St. Andrew’s
Londres, 1951
Una noche gris
A mi padre nunca más lo volví a ver, sin embargo, él siempre me está mirando. Escucho su voz. Muchas noches me cuenta historias antes de dormir o se sienta a mi lado en la biblioteca cuando estoy leyendo.
Me acompaña durante las horas interminables del día dentro del hospital. Él también desearía que escape. No descansaré hasta lograrlo.
Ir en su búsqueda.
En búsqueda de ti padre, volverte a ver.
¿Mis memorias de Trieste? Lo haré. Mañana. Hoy no quiero pensar más. Dormiré.
El viento no se tranquiliza, silba en la noche oscura, pasea entre los árboles, entre las rendijas de las ventanas y me cubro la cabeza con la sábana para no sentir temor.
Soy tan frágil.
Nota
1 Fragmento de El canto tercero del Infierno de la Divina comedia de Dante Alighieri publicado bajo Licencia de documentación libre de GNU y Licencia Creative Commons Atribución Share Alike 3.0 Unported.
2
El silencio del hospital durante la noche es casi total. Lucía no logra conciliar el sueño. Las voces dentro de su cabeza perforan su cerebro como cincel golpeando un muro. La persiguen durante la mañana, a la mitad de la tarde, en la madrugada:
Lucía, ven. Toma el tren a Zúrich.
Ven a visitarme. No me dejes solo. Lucía,
acude a mí. No me abandones, le dice su padre.
Imposible detener los pensamientos. Se gira de un lado a otro sobre su cama. Va al baño. No quiere saber la hora. Regresa a la cama. Acomoda la almohada. Al otro lado del pasillo escucha gritos. A veces es Rose, su vecina, que tiene pesadillas. Lucía se da vuelta hacia la pared. Se tapa los oídos, luego, una figura aparece en el espejo. Se altera. Es ella: su madre, acusándola con el dedo, sermoneándola repite la voz de su madre en su interior:
La danza no es para ti. Debes abandonarla.
Es una tontería.
La danza no es para ti. Es una tontería.
Es una tontería. Es una tontería. La frase se repite una y otra vez. Se angustia. Mira el reloj, son las cinco. Desea que se alejen las voces, descansar antes de que amanezca, pero la mente de Lucía no encuentra tranquilidad en noches como ésta. Recuerda cuando no quería ir a Londres, dejar París. Tenía un mundo propio, la danza, amigas, planes de independizarse, dar clases, rentar un departamento.
Un poco antes de las seis es cuando Lucía logra acallar las voces y quedarse dormida, pero las campanadas de las siete la despiertan cada mañana. Lo mismo, cada mañana...
—Miss Lawry, no, por favor. No abra las cortinas, quiero dormir.
—Si no te levantas ahora, esta noche sucederá lo mismo —le dice Miss Lawry abriéndolas sin hacerle caso— Además se te pasa el horario del medicamento —añade.
Entonces Lucía se incorpora con lentitud, mira a través del cristal. El día es gris, como siempre, es la impresión que le da tantos años mirando por esa misma ventana. En ocasiones, después de los electrochoques, la memoria se le bloquea y olvida haber visto antes ese paisaje desde este mismo lugar, eternamente repetido, y entonces puede disfrutar de la vista. Aunque con el tiempo vuelven las remembranzas, regresan las voces.
—Mañana es jueves, Lucía, tienes cita con doctor McArthur. ¿Has escrito algo? —pregunta Miss Lawry.
—No.
—Es necesario que lo hagas.
—Lo intentaré.
—De acuerdo, después de los ejercicios matutinos ¡a escribir! Nos vemos en el desayuno, y quizá puedas tomar una siesta a media tarde y reponer lo que no dormiste. —le recomienda Miss Lawry mientras sale de la habitación.
—Tal vez. —susurra Lucía sin el menor afán de intentarlo.
Cuando la enfermera sale, ella se recuesta de nuevo, se acurruca. ¡Cómo le gustaría tener a alguien que la abrazara, o poder huir, tomar el tren, llegar a Zúrich, ver la tumba de su padre, estar junto a él!
Algunas veces la enfermera supone que su paciente no ha querido levantarse y regresa, para animarla a bañarse. Ella siempre se incorpora con pesadez, pero Miss Lawry la ayuda, la baña, y le cepilla su cabello blanco, ondulado, durante buen rato.
Antes de abandonar la habitación, Lucía se dirige al estante junto a la ventana y endereza los libros que estén fuera de lugar. Se dirige a la biblioteca, camina por el amplio pasillo, con lentitud, nadie la espera… De nuevo es otoño. Observa las hojas secas esparcidas por los jardines del St. Andrew’s. Tonos rojizos, marrones, amarillos. Cierra los ojos como Stephen en el Ulises, en la playa de Sandycove. El viento es frío, entra a los pulmones. Siempre le ha gustado caminar sobre las hojas secas y escuchar el sonido al pisarlas; el aroma a hierba fresca, a cielo, a tierra.
Cuando entra a la biblioteca se sienta frente a la letra J. Acomoda sus piernas largas bajo la mesa, saca la pluma con tinta lila y el cuaderno donde cuenta su vida para no olvidar. Pasa la yema de los dedos sobre las páginas en blanco...
Londres, 1951
Jueves 18, octubre
Mi historia, doctor McArthur, empezó a tejerse en Trieste. Vengo de una madre depresiva que no quería tener más hijos y un padre escritor, irresponsable, en la miseria, tratando de salir adelante en su autoexilio. Fui hija no deseada, tal fue el principio de mi existencia. El vacío se fue formando dentro de mi ser, ese que carcome por dentro como una bacteria maligna. Se fue convirtiendo en angustia, en locura. Si las cosas hubieran sido distintas, pero no. No tengo a nadie, todos murieron o se alejaron de mí. Lucho cada día con la locura, tengo miedo de que vuelvan las voces.
El bullicio del hospital es agobiante, lidio cuerpo a cuerpo, en el silencio, con la angustia de verme como una piedra sola en el desierto. Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer.
Me gustaría que alguien me preguntara cuál es la causa de mi llanto.
De la soledad. Nadie comprendería.
Viene de antes, tal vez antes del nacimiento, de mi concepción.
La actividad mental en mi cerebro es agotadora, cuando estoy en crisis no tengo capacidad de hilar los pensamientos, los recuerdos son desordenados.
Medicada, usted lo sabe, todo cambia, todo se vuelve claro como la transparencia de las nubes.
Aprovecharé esos momentos para recordar mi vida con papá, con mamá, con Giorgio.
Tal vez escribir sobre todo aquello ayude a liberar los demonios que tengo dentro.
Lucía está inclinada sobre el papel. Su cabeza y su vista muy cerca de la hoja donde escribe obsesivamente. Está concentrada. No se percata de lo que sucede a su alrededor. No mira a los hombres de blanco que la están vigilando ni escucha a uno de los pacientes gritarle a la enfermera. Hoy el día está gris como muchos otros aquí en Londres. Llovizna.
Ella llegó a la biblioteca por el pasadizo interior. En el camino se encontró