Название | El plumas |
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Автор произведения | David Pallás Gozalo |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9788412353389 |
Pero no pude.
Sentí que algo me oprimía el estómago con mucha fuerza y que no podía respirar.
A ver, que saltarse el guión de la peli en la que llevas actuando toda tu vida, tampoco es tan fácil, ¿vale? Así que no me juzguéis, por favor.
—¿Cómo os pilló mi padre? —pregunté ignorando por completo su pregunta.
Traté de no mirar a los ojos a mi tía al hacerle la pregunta, pero sé que durante un par de segundos, me observó con curiosidad. Pero no insistió. Imagino que nadie más que ella comprendía que a veces no estamos preparados para hablar de algo.
—La mañana en la que os marchasteis, Gloria habló conmigo en la cocina. Me dijo que no podía permitir que os fueseis sin saber quién era yo realmente. Que no había nada malo en ello. Que ibais a comprenderlo… —hizo una pausa, bajando la cabeza—. Ya, claro… Y me lo creí, Rique. Estábamos en la cocina, y me sentí fuerte para poder hablar con vosotros. Besé a Gloria, sintiendo que nadie en el mundo podía rechazar algo tan bonito como el amor que sentíamos Gloria y yo. La besé allí, en la cocina, sin esconderme, sin pensar en si alguien podía o no entrar allí y vernos.
—Y mi padre entró, ¿verdad?
Mi tía asintió. Levantó la cabeza lentamente, y pude ver su mirada brillante, cubierta de lágrimas que sé que ella se negaba a dejar caer.
—Nos vio besándonos… Y comenzaron los gritos. Nunca imaginé una situación así, Rique. Sé que es tu padre, pero me dolió mucho. Me dijo que no iba a permitir que tú vieses a dos enfermas haciendo eso en público. Que no iba a permitir que te confundiésemos. Que os había engañado a todos… Y mil cosas más…
No podía decir nada. Sentí que mi garganta se cerraba, porque me parecía horrible lo que había tenido que escuchar mi tía hacía años por culpa de mi padre. Porque mi padre fue una bestia y un capullo. Porque no se puede decir algo así a alguien que quieres. No, no se puede decir algo así a nadie, le quieras o no. Mi tía no estaba enferma. Ser lesbiana no era estar enferma.
Sentí que mis ojos se llenaban también de lágrimas.
Que me costaba respirar con normalidad.
Por mi tía.
Y por mí.
Porque cada una de esas frases que le había dicho a mi tía, eran las que me diría a mí también si supiese cómo me siento.
Y me eché a llorar.
Cogí con fuerza la mano de mi tía, y la acaricié.
No era justo. No. No era justo que tuviesen que insultarla por amar a alguien.
—No llores, mi niño… —me dijo mi tía, limpiándome las lágrimas—. Eso ya pasó. Ya forma parte del pasado…
—Tendría que haberte defendido… Tendría que haberlo sabido… —le dije, enfadado, mientras mi tía me sonreía con lágrimas en sus ojos que no pudo retener más.
Y entonces caí en la cuenta de algo.
Me di cuenta de algo que jamás me había planteado.
—¿Por qué mamá no te defendió? ¿Por qué nos fuimos? ¿Mamá…? ¿Mamá piensa igual?
Mi tía negó con la cabeza.
—No mi niño. Tu madre no piensa como tu padre… Tu madre… se bloqueó. No la culpo.
—¿Cómo no vas a culparla? ¡Nos marchamos! ¡Con eso le dio la razón a mi padre!
—No te voy a negar que me dolió mucho su reacción, Rique. Pero no la puedo culpar. Ya viste cómo se puso tu padre. Ella… Ella se sintió engañada por mí, y miró por su familia. Por vosotros.
—¡Pero tú también eres su familia! ¡Eres su hermana!
—Lo sé. Pero, precisamente por ello, creo que le dolió que no se lo hubiese contado a ella antes de enterarse así. Y su reacción fue marcharse. Tal vez… Tal vez si hubiese tenido más valor y se lo hubiese contado antes, eso no habría pasado…
—¿Qué? ¡Tú no tienes la culpa tía!
—No intento buscar culpables, Rique. Ocurrió, y ya está. Cuando todo se calmó, hablé con ella por teléfono. Todo está bien. Ella lo entiende, y me quiere.
—Si todo está bien, ¿por qué no estamos casi nunca juntos?
—Porque tu padre es complicado, Rique. Cada vez que os he ido a ver, ha servido para que tus padres discutan por mi culpa. Y no quiero que tu madre lo pase mal por mi culpa.
—Pero entonces está eligiendo de nuevo. Está eligiendo no verte por estar bien con mi padre. Por una persona que no es capaz de entender que hay personas que somos diferentes, que sentimos cosas que él no puede entender, y que no hay nada malo en ello —comencé a levantar la voz, sin darme cuenta de mi tono, ni de lo que decía—. No entiende el daño que hace a su alrededor, el daño que nos hace porque no somos como él quiere que seamos. ¡No es justo! ¡Él no decide a quién podemos querer! ¡Él no decide lo que está bien o está mal! ¡Él no puede decidir qué me tiene que gustar! ¡Él no puede obligarme a que me gusten las…! —me callé. Mi tía me observaba con calma. En ese momento, me di cuenta que se me había ido la olla, y estaba hablando de mí.
—…No puede obligarte a que te gusten las chicas, ¿verdad, Rique? —me preguntó mi tía Alicia, acariciando mi pelo.
La miré fijamente a los ojos. Y rompí a llorar. Pero no fue desagradable. Fue como si de repente, alguien pulsase un botón dentro de mí y comenzase a desinflarme. A dejar escapar todo el peso que me estaba haciendo tanto daño. Lloré con fuerza, y mi tía me atrapó entre sus brazos, meciéndome en su pecho.
—No, no puede obligarte, mi niño. Nadie puede obligarte a ser nada que no seas —me susurró con calma, con aquella voz que me tranquilizaba tanto.
Aquellas palabras se clavaron en mi pecho. “Nadie puede obligarte a ser nada que no seas”. Así de sencillo. Así debía ser, y sin embargo, ¿qué iba a ocurrir ahora? No vivía con mi tía, vivía con mi padre. Y él nunca aceptaría algo así. ¿Cómo iba a vivir siendo alguien que no era para no decepcionarlo?
—Me… Me gustan los chicos, tía Alicia… —dije separándome de su abrazo, para poder decírselo a la cara. Necesitaba mirarla a los ojos—. Soy gay —sollocé—. ¡Ostras!, soy gay. Es la primera vez que lo digo en voz alta. Soy gay, tía. ¿Qué voy a hacer? —le pregunté volviendo a buscar su resguardo entre sus brazos.
—Ay, mi niño… ¿Pues qué vas a hacer? Ser feliz. Eso es lo que vas a hacer. Dedicarte a quererte y a ser feliz. Porque desde hoy, ya no vas a tener que esconder nunca más lo que sientes. Y yo, te voy a ayudar a que así sea —me susurró besando mi pelo, mientras me abrazaba con dulzura.
Y allí, alejado de mi casa, de las palabras de mi padre, de los insultos de mis compañeros de clase, y de las mentiras que tenía que inventarme para encajar en un mundo que no era el mío, me sentí seguro por primera vez en mucho tiempo.
No solo eso.
Me reconocí por primera vez.
Sin mentiras.
Sin tensiones.
Sin miedo a mostrarme.
Así era yo, y era alucinante poder expresarlo.
Ese era el Enrique con el que soñaba que el mundo pudiese conocer.
Y allí, entre los brazos de mi tía Alicia, no me parecía imposible.
Todo eso ocurrió el primer día que llegué a Tenerife.
No imagináis lo que me quedaba por descubrir en ese viaje.