MREADZ.COM. Чтение онлайн электронных книги.

El escarabajo verde-Philipp Vandenberg.

El escarabajo verde-Philipp Vandenberg. Электронная библиотека, книги всех жанров

Реклама:

de empresas participantes figuraban firmas suecas, italianas, francesas y egipcias. El control lo ejercieron la Unesco y el gobierno egipcio. Como consecuencia de una convocatoria de ésta, el 8 de marzo de 1960, cincuenta naciones se comprometieron a participar en los gastos para la salvación del templo de Abu Simbel. El coste del proyecto se eleva hasta el momento a 26 millones de dólares-USA. En la ceremonia de inauguración la República Federal de Alemania estuvo representada por su ministro de Ayuda al Desarrollo, Hans-Jürgen Wischnewski.»

      56

      Tres días más tarde, Arthur Kaminski y Hella Hornstein llegaron en avión a Abu Simbel. La polvorienta pista de aterrizaje que antes exigía de Kurosn el Águila toda su maestría en el arte de volar había dado paso a una buena pista de cemento, una línea recta en el desierto, que ya desde lejos mostraba su trayectoria al piloto. En vez de los monomotores de los tiempos de la construcción, ahora aterrizaban los grandes aviones con cientos de pasajeros.

      Desde el pantano soplaba el chamsin y las turbinas de los aviones se protegían de la arena inmediatamente después del aterrizaje con unas cubiertas de aluminio del tamaño de una rueda.

      La antigua vivienda de Kurosh era ahora el edificio de piedra del aeropuerto, desde el cual una instalación de megafonía lanzaba sus mensajes a los pasajeros. Por la carretera, ahora asfaltada, que unía el aeropuerto con el nuevo emplazamiento de los templos, circulaban dos autobuses bastante desvencijados. La superficie del embalse se había duplicado desde el día en que Kaminski comenzó su trabajo allí.

      En el autobús, el calor resultaba insoportable. Las ropas se pegaban a los polvorientos asientos de plástico y el viejo motor dejaba escapar humo y olores como una antigua locomotora de vapor.

      – Fíjate -señaló Hella a través de la ventanilla-, ¡no queda ni una sola de las barracas del antiguo campamento de trabajo!

      Arthur se echó a reír.

      – Pero nuestras casas y el casino todavía siguen ahí.

      – Y al hospital le han dado un capa de pintura. ¿Crees que Heckmann conservará su cargo?

      Hella le dio a Kaminski un golpecito de aviso.

      Los turistas se apresuraron a bajar del autobús y excitados comenzaron a hacer a pie el resto de la subida hasta el templo.

      – Me gustaría estar sola -dijo Hella-, sola contigo, Arthur.

      Kaminski cogió su mano y se volvió hacia ella.

      – ¿Adonde vamos? -preguntó la muchacha sonriendo.

      Arthur no respondió nada y ella lo siguió. Sin una palabra, ascendieron por la colina detrás de la cual estaba ahora el templo. Desde allí se podía ver toda la zona.

      – ¡Allí! -Una vez arriba Kaminski señaló con el índice extendido en el aire-. ¿Te acuerdas? Apenas quedan rastros del campamento. Allá abajo, en la arena, hicimos por primera vez el amor al aire libre. Hacía tanto calor como hoy.

      – Claro que me acuerdo -respondió Hella y bajó la mirada como si se avergonzara-. Podría decirse que casi cada piedra es un recuerdo, retazos de memoria.

      – ¿Recuerdos agradables?

      – Uhmm… -La respuesta de la joven doctora no resultó convincente.

      – Tienes razón -coincidió Arthur-, también ocurrieron cosas que me gustaría borrar. -Se dio la vuelta y miró al embalse cuya orilla opuesta se difuminaba con el cielo en la neblina que el calor levantaba de las aguas.

      – ¿Cuáles? -preguntó Hella mientras se cogía del brazo del ingeniero.

      El viento se hacía cada vez más fuerte. Al hablar les entraba arena que chirriaba entre los dientes.

      – Te he preguntado algo -insistió-. ¿Qué te gustaría olvidar del pasado? ¿Qué querrías que no hubiese sucedido?

      Arthur no quería responder. Hella se dio cuenta, se soltó de su brazo y se lo quedó mirando desafiante, cerrándole el paso. Kaminski acabó por contestar con desaliento:

      – El descubrimiento de la momia.

      De un segundo a otro, la expresión del rostro de Hella cambió. La feminidad de sus facciones se transformó en dureza. De pronto, su encantadora mirada brilló con mal humor y rabia.

      – Lo sé -dijo vacilante Arthur-, no queríamos hablar del pasado, pero ya que me obligas…

      – ¡Tenemos que hablar de ello! -replicó Hella-. ¿Y dónde mejor que aquí?

      El chamsin arrastraba nubes de arena y Kaminski propuso regresar al autobús.

      – ¡Quédate! -le ordenó ella. Su voz había adquirido de nuevo ese tono que asustaba a Kaminski-. ¿Por qué no estás dispuesto a aceptar la verdad?

      – ¿La verdad? ¿Cuál?

      – Que yo no soy la persona que crees tener delante de ti.

      – Lo sé, lo sé. -El ingeniero se sintió despreciable.

      – ¡Tú no sabes nada! -exclamó furiosa-, no sabes absolutamente nada de nada. Y aunque lo supieras no podrías entenderlo.

      Kaminski replicó excitado:

      – Está bien: yo no sé nada, no entiendo nada; pues bien, explícame entonces cuál es tu situación.

      Hella sacó el escarabajo verde de entre sus ropas.

      – Aquí tienes -dijo y se lo puso delante de la cara-, ¿recuerdas dónde lo encontraste?

      – Claro. ¡Qué pregunta más tonta! Lo cogí del puño de la momia.

      – Cierto. ¿Y por qué crees que la momia llevaba el escarabajo en la mano?

      – Eso debía de tener un significado simbólico.

      – ¡Naturalmente! -gritó Hella Hornstein.

      – ¿Qué significado?

      – Bent-Anat llevaba en la mano el destino de su vida escrito en esta piedra; ahora la tengo yo y su destino es el mío.

      Lleno de ira, las palabras de Hella resonaron en su cabeza.

      Le hubiera gustado gritar. Tenía necesidad de hacerlo para escapar de aquella embarazosa situación que lo atosigaba. Buscó aire, pero era como si algo le apretara la garganta. ¿ Iba a empezar todo de nuevo?

      – ¿Es que no has causado ya bastante daño con tu locura? ¿Quieres destruirnos?

      – ¡Locura, locura! -exclamó la joven con sus grandes ojos llenos de rabia-. Llamas locura a todo lo que no entiendes. Creo que nunca comprenderás que yo soy Bent-Anat.

      Arthur se acercó a Hella, la cogió por los hombros y la sacudió como si quisiera expulsar fuera de ella todos sus tétricos pensamientos.

      – ¡Tú no eres Bent-Anat! -gritó y su voz arrastró sus últimos reparos-. ¡Vives en medio de delirios y fantasías que te llevan a creer que eres ella!

      Hella se rió con malicia mientras con aire amenazador agitaba delante de su rostro el escarabajo verde.

      – ¡Te demostraré que lo soy!

      Kaminski intentó arrebatarle el escarabajo de sus manos, pero Hella se defendió con una energía increíble. Aquella persona, pequeña y delicada, desarrollaba una fortaleza física que nadie hubiera podido suponer. Pero él tenía que hacerse con aquel despreciable amuleto verde, quería cogerlo para arrojarlo al embalse, verlo describir un arco en el aire y seguidamente hundirse para siempre. Quizás eso haría que Hella recuperara la razón.

      Las manos de Arthur se aferraron al cuello de Hella con la fuerza de las tenazas de una grúa. Apretó con fuerza, pero al parecer eso apenas parecía impresionarla, por el contrario, le dirigió una mirada llena de odio como si quisiera decirle: «Aprieta, aprieta, enclenque. ¡Ni siquiera puedes matarme!».

      El viento, que se había convertido casi en un huracán, y el implacable calor que traía consigo, le habían robado a Kaminski todas sus fuerzas. O quizá fue la impresión de derrota que la mirada de Hella dejó en él, pero se sintió incapaz de hacerle daño.

      Y sin embargo hubiera querido hacerlo.

Яндекс.Метрика