Название | Improntas |
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Автор произведения | Sandra Castrillón Castrillón |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9789587149876 |
Decían que era hijo de un español.
No podía saberse más del asunto en ese mundo de plataneras hinchadas de viento. Era todo lo que había: caminos hechos de tanto caminar el suelo verde, plataneras macizas que se tragaban el viento e inflaban sus guineos aún pequeños, árboles de naranja embrujando el aire con el dulzor de la fruta naranjada; rumores e historias en las cocinas de barro sobre los partos y los matrimonios, los hijos concebidos en habitaciones por fuera de la bendición de Dios; la historia de una campesina que da su brazo a torcer frente al señor rubio venido de otro continente, un niño de cabello rojo que eclipsaba la noche en una humilde habitación ante los ojos indignados del supuesto padre.
Decían que tenía el mismo largor en el cuerpo, los gestos pausados al hablar, los huesos triangulares en el rostro. El abuelo adquirió la costumbre de caminar con la cabeza gacha, por lo que el cuello encorvado le hacía ocultar la dimensión de su estatura.
Sobre todo, el abuelo nunca indagó por nada. No interrogó por el origen de los cabellos ocres, aun cuando en su árbol genealógico no hubo una sola cabeza siquiera rubia o clara. Evitó escudriñar la historia de su osamenta larga y su piel blanca, de las expresiones que lo hacían ser un hombre ajeno a esas tierras de cilantro y cidras.
Cada día festejó el nacimiento saludable de las arracachas robustas y albinas, de las zanahorias carnosas y de las papas lustrosas que sus manos traían al mundo en medio de tierra y yerbajos verdes. Desconoció para siempre la versión escuchada en la cantina sobre un apellido que era posible reclamar y la imaginaria porción de herencia desconocida.
Llamó “madre” a la mujer que siempre conoció como tal y “padre” al campesino que vio morir aún siendo muy pequeño. Cerró la boca ante su prole blanquísima, de aspecto meditabundo y cabellos rojos y sueltos.
Se soportó con fuerza en la vereda donde se anclaban su techo y su hogar.
La mirada
La casa está situada en las afueras del pueblo, junto a la planta eléctrica y el beneficiadero. A su lado, las ramas cargadas de un gobernador abrazan las tejas doradas.
De día, la casa es como una pizarra en la que juegan las combinaciones del sol y la sombra, las ramas van y vienen, el viento es el piano que dicta el movimiento. A mediodía, con el piar de los pollos en el alero, las ramas gruesas hacen las veces de abanico para el calor. A medianoche, las ramas se pueblan de búhos muy viejos que murmuran recelosos la claridad del instinto. Las sombras del gobernador, con su movimiento, encubren la oscuridad, y el ruido más nimio socava la sutilidad del grillo.
El muchacho de la casa atraviesa los caminos aun después de la medianoche.
Aunque trastabilla un poco, no ha bebido hasta el tope, punto en el que suele perder la conciencia. Le alcanza para hacer la relación entre el murmullo del búho y el rasgamiento del grillo.
El sabor del ron todavía le asalta el paladar.
Llega hasta el camino donde se ancla el portón, la puerta de la casa está guardada por la exuberancia del árbol. Los búhos dan una fiesta de monosílabos roncos. El muchacho silba mientras desenreda la cadena que ata el portón al estacón de madera. Al aflojar la cadena, el tintineo hace música en la oscuridad, se abstrae con el concierto intempestivo. Una vez dentro, vuelve a entrecruzar los hierros tintineantes, hechos otra vez música, pero interrumpidos de un momento a otro: se produce un silencio que se lleva consigo el movimiento de la hierba, la ondulación del gobernador y la rutina del grillo. Entonces levanta la cabeza, atraído por ese llamado mudo, mientras descubre ese aliento desconocido y disforme, ajeno a la noche, pero en comunión con ella. A pesar de que el miedo aflora como un caudal de hormigas que trepan por las piernas, pone los ojos allí, con el ánimo de explicarse, sobre esa forma que se acurruca en lo bajo del árbol, como un bulto de algo, en torno a su propia sustancia. No se mueve, ostenta solo la envoltura de lo que es, agazapada en su levedad. Por más que la mira, le toma su tiempo comprender que no comprende.
La puerta de la casa, cerca del árbol, parece aún muy lejana. El miedo lo exaspera en ese instante de dubitación en que la soledad hace presencia, volviéndose carne en su aliento presuroso. Es un hombre —se dice—, es valiente, no debe temer. Habrá de llegar a la puerta, mirar a la cosa de frente, caminar derecho rumbo a su habitación. Así que ata de nuevo la cadena al portón. Trata de mirar al cielo, de propinarse una ilusión de leve alucinación. Recorre ese trecho de doce metros que hay entre el portón y la puerta de la casa.
Al lado de la puerta, el tronco del árbol; a un lado del tronco, algo que está allí, inmóvil, provocando que la piel se erice y no permita entender nada. Avanza, es un hombre, respira con la fuerza de los pulmones de un hombre hecho y derecho, pronto alcanzará la puerta, y entonces escucha el tintineo de la cadena, que se ha soltado, y el portón yendo y viniendo con sus goznes sueltos, unido a la música en un chillido melancólico. Se detiene un momento para mirar el portón desatado, que oscila a su antojo, como si el viento soplara, en esta noche que se ha vuelto estática. Retorna a la figura, la mira otra vez, cae en lo que es una sombra, una masa de oscuridad, no lo sabe, pero la lobreguez poco a poco cobra materia, se le revela la cabeza de una mujer, una mujer envuelta en largos cabellos negros. De entre los largos hilos, al levantar el cráneo, van surgiendo un rostro, una boca, una nariz adivinada. La mirada aparece de pronto, sale de la nada, se abre entre los parpados y lo localiza a él, detenido frente a la puerta, a punto de entrar. La mirada está homogéneamente incierta, pesada, regodeada de un silencio donde solo cabe el tintineo repetitivo de la cadena, que se mueve sin cesar.
En el transcurrir de tres segundos, el muchacho sostiene la mirada allí.
Suficiente para hacerse daño, para percatarse de que ha dado un paso en los terrenos del hades.
Corta el hilo que lo hala al contorno donde ya tiene sumergido el cuello. Como despertándose de un sueño, se da de cabeza contra la realidad de la noche, se obliga a no mirar más. Ha visto suficiente. Una visión insoportable, como si la línea que trazara esa presencia fuera suficiente para mutilar.
Anhelando estar fuera del círculo, le propina una patada a la puerta con el ánimo de entrar cuanto antes, de no demorarse en preámbulos de llaves, pues el ritmo de la cadena en el portón agota la poca serenidad que le queda. Da otra patada a la puerta y la abre, cruza el acceso sin encender la luz, impulsado por el miedo que le arrastra de la mano. A pesar de que ha vivido en esta casa desde niño y se la sabe de memoria, olvida la pared del recibidor y se estrella contra ella. No tarda nada en desplomarse frente al concreto, que lo recibe indiferente, inocente ante el temor. Se desmaya mientras la sangre le empapa la cabeza, conservando en la semiinconsciencia los latidos de un miedo que no pestañea.
Se lleva a la inconsciencia una mirada que no se mueve.
El flash, Simón y el perro
El flash estalló invasivo, acaparando para siempre la cara de Simón: las mejillas blancas, la boca babeada y los ojos azules y sonrientes, que miraban con alegría a Olafo, el cual movía de aquí para allá la cola gruesa y parda.
Pusieron al niño de dos años al lado de Olafo, un terrier americano que había visto nacer a todos los pequeños de la casa. Algunos de esos niños apenas se sostenían, respiraban con ruidos espontáneos, tanteaban el mundo con la boca, presta a engullirlo. Gateaban persiguiendo a Olafo y, de cuando en cuando, el perro les lamía la leche que les agrietaba los pliegues de los brazos, caída desde el primer tetero de la mañana.
Simón no tuvo mucha elección. Esa mañana tomó su ración de leche y sol. Se dejó bañar con la promesa de los rayos puros del sol campestre, lo secaron con fricción a pequeños estrujones. Rio como el niño de buena salud que era, dejó salir unos gorgoteos de vida de los pulmones lustrosos. Recibió el desayuno en la calidez del corredor de la finca mientras llevaban a pastar a algunos caballos rezagados de la madrugada. Lo dejaron jugar en la cerca del patio, con primos y hermanos que lo hicieron tropezar sin muchas consecuencias. A lo sumo, lloriqueó dos minutos, conociendo la angustia mientras oteaba la agarradera de la pupa fuera de su alcance.
A la hora de la