Название | El nazi olvidado |
---|---|
Автор произведения | Francisco Vera Puig |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9788417307752 |
En fechas señaladas solía regalarme libros de historias, poesía e incluso de anatomía y medicina básica. Mis autores favoritos eran los hermanos Grimm. Cuando el tiempo me lo permitía, podía pasarme tardes enteras leyendo en el bosque, bajo mi árbol centenario.
—No hace falta, padre. Con que volváis pronto es suficiente.
—Desde luego que sí, Simon. Ahora id a cumplir el encargo que os ha hecho vuestra madre.
Padre movió la cabeza en señal de aprobación y me dio un beso. Fue extraño, él me daba pocos, muchos menos de los que me hubiese gustado. El tiempo se ralentizó y disfruté de aquel beso por un tiempo mucho mayor. Sentí sus labios en contacto con mis mejillas y su aliento cálido en mi piel. El olor de hombre, de hombre fuerte, curtido en mil batallas. Los hombres no se dan besos entre ellos..., pero aquella tarde lo hizo. Me besó. No existía en la historia de la literatura un beso que pudiese igualar al que mi padre me dio. No sé si él se lo imaginaba siquiera —yo desde luego no—, pero aquel sería el último beso que me daría. Así que, tristemente, con el paso de los años, comprendí que fue un beso de despedida.
CAPÍTULO 2
Helmo y yo obedecimos a madre y salimos hacia la casa de los Thelen, mientras que Gabriel se marchó a por el pan. Nuestro destino estaba en el centro del pueblo, bastante cerca, así que rápidamente habíamos terminado: recoger, pagar y vuelta a casa. Durante el paseo pude hablar con mi primo. Era un chico guapo y fuerte de ánimo. De pequeño perdió a su madre por una enfermedad y tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre en el negocio. Por entonces se había convertido en un albañil experto y mi tío delegaba en él muchas tareas. Tenía las manos fuertes como las de los adultos, pero el cuerpo de un adolescente.
Helmo me contó que ya tenía varias pretendientas en el pueblo, pero que su amor era para una joven muchacha llamada Inga. Yo la conocía de vista, porque ella iba a la escuela y acudía a todos los eventos del pueblo. Conocía personalmente a su hermano, se parecían bastante, pero para mi gusto él era más guapo. Yo nunca había hablado con Inga. Helmo estuvo trabajando varias semanas para su familia, reparó parte del techo hundido por el peso de la nieve, y allí la conoció. Estaban enamorados y hasta la había besado.
Por aquel entonces yo aún no había conocido a nadie especial, vivía tranquilo y gozaba de las pequeñas cosas. No había besado a otra persona que no fuese de mi familia. No existía todavía ese alguien que me impresionase, ese por quien perder la cabeza. No sabía en qué podría consistir estar enamorado, cómo te podría atrapar mental y físicamente una persona.
El caso es que Helmo estaba tranquilo por el viaje de nuestros padres. Estaba seguro de que todo iría bien. De vuelta a casa, pasamos cerca de la sinagoga y decidimos hacer una visita de incógnito a nuestros padres. Allí estaban todos los que solían acudir a las asambleas. Pude ver al profesor Richter, que sacudía el puño y alzaba la voz, muy enfadado. «¿Por qué motivo un hombre tranquilo y calmo como él se comportaba así?». Padre también se mostraba enfadado. Todos lo parecían, no se asemejaba a una reunión habitual. Algo se estaba cociendo y yo no me estaba enterando de nada. Helmo decía que se avecinaban tiempos difíciles para los comunistas de la zona, ya que el nuevo canciller quería imponer duros cambios a toda costa. Me sorprendía que supiese tanto al respecto. Se posicionaba claramente en contra de ese personaje llamado Adolf, que tenía el mismo nombre que el pastor alemán de un anciano vecino. Ese canciller odiaba a los judíos y era el jefe del partido nazi. Creo recordar que en alguna asamblea de mi padre escuché a alguien mencionar a este Adolf y, a continuación, furiosos comentarios en su contra. Pero todo eso no era para mí, no le prestaba demasiada atención a la política. Por el contrario, era muy agradable escuchar a Helmo. Me gustaba mucho su presencia y su sapiencia sobre la coyuntura política. Aprendí de él en cierto sentido.
Al llegar a casa le dimos el paquete a mi madre, que ya estaba preparando la cena. Lo abrió y nos dio un trozo de embutido en señal de agradecimiento por los servicios prestados. Mi paladar lo agradeció. Luego preparamos la mesa para la cena, salimos y nos sentamos en la entrada a casa, sobre la hierba, a esperar a mi hermano y a nuestros padres.
Gabriel tardó un poco más de lo habitual, ya que, según nos confesó, había pasado un rato en compañía de su amada Sonja. Traía cara de pocos amigos. Él le había declarado su amor, había aproximado los labios a los de ella y se fundieron en besos y abrazos. Pero la madre de ella los descubrió y montó en cólera. Mi hermano era un chico serio, pero la madre pensaba que no era ni el momento ni el lugar apropiado para besarse. Directamente lo echó. A la mañana siguiente, mi hermano iría para pedir disculpas. «¡Qué manera más tonta de arriesgarse a perder el trabajo! Con la cantidad de rincones ocultos y tranquilos que se podían encontrar en las afueras del pueblo...».
Como padre y el tío no llegaban y fuera hacía frio, decidimos entrar en casa. Mi primo fue a la habitación donde tenía su maleta y sacó una baraja de cartas para que jugásemos al Schwarzer Peter, el juego donde todas las cartas tienen pareja, menos una: el «Pedro negro». Era gracioso, yo me podía considerar esa carta. Así pasaría el tiempo más rápido. Jugar a las cartas no era una actividad que me gustase demasiado y, además, no solía participar, pero sería agradable hacerlo los tres. Jugamos unas cuantas rondas, de las cuales no gané ninguna. Madre pasó dos o tres veces ofreciéndonos unos buenísimos trocitos de queso. Me esforcé por obtener alguna victoria, pero fue en vano, mi trofeo fue el queso que me comí. El campeón fue mi hermano. Creo que el bueno de Helmo se dejó ganar en la última partida para levantar el ánimo de Gabriel. Por momentos lo consiguió.
Al rato, llegaron, cansados, padre y el tío.
—¿Cómo están los hombres de la casa? —preguntó padre.
—Muy bien. Hemos jugado a las cartas —le respondí yo, animoso.
—¿Tú jugando a las cartas, Simon? —dijo extrañado.
—Bueno, lo he intentado. Pero, como pasa siempre, he perdido.
—Lo importante, hijo mío, es participar y pasar un rato entretenido sin pensar en nada más.
Eso era verdad, ya que mientras había estado concentrado en las cartas no había reparado, ni un solo instante, en la marcha de padre. Supuse que Gabriel tampoco habría pensado en la madre de Sonja.
Mi madre tenía lista la cena: patatas con tomate y carne. Era una cocinera extraordinaria. A lo largo de mi vida nunca he probado nada que igualara su saber hacer en la cocina. Nos sentamos y comenzamos a cenar. Solo se escuchaba el ruido de los tenedores y cuchillos al tocar los platos y a mi primo que sorbía el caldo de tomate. El mutismo durante la cena hizo que me pusiese un poco nervioso. Miré a todos y cada uno de los mudos comensales y parecía que nadie tuviese la intención de abrir la boca a no ser para comer.
—Eres excelente, mamá —afirmé para agradecerle su esfuerzo y, de paso, romper un poco el hielo. Los demás secundaron mi opinión.
—Eres un prodigio, amada mía —añadió padre, dando muestras de cariño. Madre lo miró con devoción y le dedicó una sonrisa.
—Oh, gracias. —Noté que se sonrojó—. Es lo mínimo que puedo hacer por vosotros. Además, disfruto mucho —dijo ella un poco colorada.
—Padre, ¿a qué hora partiréis hacia la estación? —preguntó mi hermano. Mi habilidad para romper el silencio tuvo éxito.
—Hemos quedado con el profesor Ritcher y con algunos más a las tres en la plaza. El tren parte a las seis y media, pero no queremos llegar tarde. —Padre era puntual. No le gustaba llegar tarde. Siempre salía con antelación por si surgía algún imprevisto. Decía que era de muy mala educación hacer esperar a los demás.
En aquel momento sonaron dos fuertes golpes en la puerta. Todos dejamos de masticar o beber y yo casi me atraganto. «Pero, ¿quién podría ser a esas horas?». Los golpes volvieron a sonar, más fuertes. Padre miró a mi tío, dejó los cubiertos en la mesa y se dirigió hacia la puerta de madera. Hice ademán de levantarme para ver quién era, pero mi tío me lo impidió