Название | Los amos del cielo y de la tierra |
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Автор произведения | María Dolores Peña Rodríguez |
Жанр | Языкознание |
Серия | |
Издательство | Языкознание |
Год выпуска | 0 |
isbn | 9788419228840 |
—No… bueno, sí. Traigo un asunto nuevo que os comentaré a última hora, cuando Fernando termine de despachar. Nos veremos en la sala de reuniones, avísele.
—Bien, don Miguel.
Ana abandonó el despacho de su jefe dejándolo con el gesto de preocupación que se lo encontró. Ella lo conocía bien, llevaban varios años trabajando juntos.
Una llamada de teléfono, que Miguel percibió como un fuerte timbrazo, le sacó de su ensimismamiento. Al otro lado, Ana:
—Don Miguel, le paso una llamada de doña María Luisa.
—Sí, sí, pásemela. Mamá, dime, ¿cómo estás?... Esta noche. De acuerdo. Por la tarde tengo que despachar un par de visitas, después iré a casa y comeré con vosotros. Seguro, mamá. Hasta la noche. Besos.
Miguel, dada su soltería y aunque vivía en su propio apartamento, iba a casa de sus padres casi a diario.
Después de hablar con su madre cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás e intentó relajarse. Estuvo un rato divagando. Al cabo de un tiempo, se distrajo mirando a través de la ventana los naranjos del patio común del edificio. Oyó unos golpes en la puerta. Después, la voz de Ana:
—Don Miguel, cuando quiera. Le esperamos en la sala.
—Voy enseguida.
El abogado se levantó, se ajustó la corbata y estiró los puños de su camisa, buscó en su portafolio el bloc de notas que contenía los detalles que la hermana María Teresa le había contado en su visita al convento, se pasó la mano por el pelo y sin más se dirigió a la sala para reunirse con sus subordinados.
Ya en la sala tomó asiento en un extremo de la mesa. Les miró con poco entusiasmo.
—Acabo de coger un pleito y no sé si he hecho bien. El convento de San Millán está en litigio con una familia que, según las monjas, les niega el derecho a heredar una finca que les dejó uno de sus miembros. Se trata de una hacienda olivar en producción. La familia dice que no hay constancia del hecho y no están dispuestos a ceder la propiedad.
—¿De qué familia se trata? —preguntó Fernando.
—Los Dávila de Fabra.
El ayudante se echó hacia atrás en su asiento y emitió un silbido.
—¿Quién de ellos se supone que ha dejado a las monjas esa hacienda?
—Alberto Dávila. Murió hace un año y medio. Era soltero y no se le conoce descendencia. Se supone que sus propiedades pasarían a sus parientes más cercanos o ascendientes directos. Dos hermanos y una sobrina, hija de su hermana, la menor de la familia. Viven en una de las fincas que poseen en la Vega del Guadalquivir, por Lora del Río. Eso me lo ha contado sor María Teresa.
—¿Algún plan de trabajo? Necesito que me diga qué actuaciones se van a seguir para solicitar permisos, concertar citas y demás cuestiones —preguntó Ana.
—Habrá que consultar el registro de Actas de Última Voluntad en el Ministerio de Justicia. Ah, necesitaremos una nota de la defunción del tal Alberto Dávila.
Miguel quedó pensativo. Luego se dirigió a su secretaria como si se hubiera encendido una luz en su cerebro.
—Consígame una cita con la familia Dávila. Pero no antes de tres o cuatro días. Si es posible, que sea en la finca donde residen, así podré matar varios pájaros de un tiro. Si hay suerte los cojo a todos allí, a ver por dónde respiran.
—Yo me informaré del asunto del testamento —comentó Fernando.
—Perfecto. Lo más importante es saber si hay testamento y si aparecen en él las monjas de San Millán.
—Perdona, Miguel, ¿de qué tipo de testamento estaríamos hablando: abierto, cerrado…?, porque si hizo un testamento ológrafo y la familia lo descubrió, pudieron deshacerse de él para mantener el patrimonio dentro de la casa. Depende de quién fuera el depositario, si lo hay.
—Puede ser, aunque la casa conventual donde viven las hermanas también proviene de la misma familia. Primero fue cedida y luego la recibieron en propiedad en 1930. El propietario era Alberto Dávila, que la había recibido en herencia al morir su padre. La hacienda olivar, que es objeto del actual litigio, no fue suya hasta después de la muerte de su madre.
Ana y Fernando, con cierta extrañeza y casi al unísono, preguntaron:
—Ese hombre, ¿dejó todo eso a las monjas?
Ana hizo una reflexión antes de obtener una respuesta de sus compañeros.
—En aquellos tiempos era casi una costumbre que las familias adineradas regalaran o cedieran parte de sus propiedades a las órdenes religiosas. Pensarían que así expiaban sus pecados.
—U otros favores, quién sabe —puntualizó el ayudante.
—Si hay un testamento cerrado donde se nombraran herederas a las monjas en alguna parte, lo tenemos fácil; pero si no, vamos a sudar. Aunque si lo hubiera ya se lo habrían notificado a las hermanas.
—Sí, así es. Si no hay nada más, me marcho —dijo Fernando haciendo un ademán—. Por cierto, ¿cuánto hace que murió Alberto Dávila?
—Pues, según la monja, un año y medio más o menos. Como te he dicho antes.
—Es importante, ya sabes, por los plazos.
—Páseme al despacho las personas que tengo citadas cuando lleguen. No deben tardar. Y luego, si quiere, puede irse usted también —le comentó a Ana.
—Gracias, don Miguel, me vendría bien, tengo que hacer un par de cosas.
Los tres se levantaron de la mesa y salieron en fila india de la sala de reuniones. Fernando recogió de su escritorio el portafolio, se cambió la americana por una cazadora de entretiempo, se despidió de Ana con un «hasta mañana» y salió a la calle.
Miguel fue a su despacho para atender a los clientes que tenía citados. El joven letrado no podía evitar pensar en su nuevo caso. Una especie de corazonada le producía una incómoda incertidumbre. No tardaría en averiguar por qué aquel caso le producía una extraña sensación de malestar.
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